domingo, 12 de abril de 2026

LA CENA


El precio fue carísimo, casi imposible de pagar. La comida buena, la conversación interesante y amena hasta que -nadie sabe cómo ocurrió- llegamos al tema de Ucrania, y por ende la situación mundial, y a esa pregunta que no debieron poner sobre la mesa: ¿quién ha perdido en Ucrania con la guerra? Estaba formulada para que la obvia respuesta fuera "Europa", pero yo me adelanté y dije: "los ucranianos".
La cagué, hablando claro. El clima de tranquila frivolidad se quebró y empezó una discusión acerca del sentido de las guerras actuales, del papel que jugaba Europa en ellas, de Estados Unidos, Israel, Rusia, China... Cállate, me decía, estás en minoría aplastante (los que hablaban y yo), sonríe, asiente, sé educado que estás en casa ajena, no te importe que te traten con condescendencia. Y claro, uno es como es y no me callé, me fue imposible. La economía (el dinero, el poder) era la respuesta a todo, o el origen, lo mismo daba. No importaban figuras como T, o Putin o Netanyahu, todos parecían ser unas marionetas de no se sabe quién; yo refutaba lo que me decían, hablaba de Historia, de democracia, de elecciones, del sistema (del relato, se dice ahora, según parece) y, sobre todo, de valores, que es siempre lo que acabo defendiendo. Valores y avances sociales por encima de la economía -ingenuo, me llamaban-. Sí, soy un ingenuo pero no soy proselitista ni lo pretendo, no intento convencer a nadie con mis absurdos argumentos, naif si quieres, pero míos al fin y al cabo. Más fácil y cómodo sería asentir y silbar, lo sé. Pero puedo ser todo menos tibio.

De algunos se dice aquello de si te los encuentras en una escalera no sabes si suben o bajan, otros optan por la famosa frase respuestapanacea a todas las preguntas: si es que son todos iguales, y quedarse tan panchos. No tomar partido es una de las pocas cosas que logran sacarme de quicio, creo que desde niño, quizá fuese porque cada uno va forjando su carácter y su personalidad, desgraciadamente, siguiendo la la tercera Ley de Newton. Esta forma de ser, este "estar", suele traer siempre problemas, pero es el precio que pagamos por dormir plácidamente o al menos intentar tener la conciencia tranquila. "Ya sabes que no soy un florero", decía recurrentemente a alcalde y concejal cuando me invitaban a una reunión y daba mi opinión bajo sus miradas inquisidoras;: si me llaman yo voy, pero diré lo que pienso. Así me fue.

Dante lo deja ver de maravilla, describiendo a los ignavos como almas que en vida nunca toman partido ni por el bien ni por el mal. Él desprecia a estas personas tanto como yo lo hago, tanto que no las envía al infierno sino las deja en el vestíbulo, no las deja cruzar el río Aqueronte y las hace sufrir un castigo simbólico, correr eternamente detrás de banderas sin significado y que cambian de dirección constantemente. Castigo que refleja sus vidas, siempre persiguiendo cosas vacías, sin rumbo ni convicción. La indiferencia moral es despreciable y no merece ni gloria ni infamia. Esta gente representa la cobardía moral y la falta de compromiso, sumergidos en existencias sin sentido, reflejo de la vida que eligieron vivir. Todo esto implica la traición a la condición humana, que exige juicio y acción. Seguiremos asistiendo a innumerables cenas donde pagaremos un precio, más o menos alto, y sentándonos en la misma mesa con personas, incluso con amigos, que evitarán deliberadamente elegir, incluso cuando la situación lo exige, que priorizarán su comodidad o seguridad personal por encima de cualquier principio, que se escudarán en frases como "todo da igual", "son todos iguales", "no me meto en eso" o "no es asunto mío".  

La otra opción es peor, no aceptar nunca invitación alguna, ni a a reuniones ni a nada que implique ser o estar. Ahora, nos quedaríamos sin cenar, eso seguro.

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