jueves, 28 de julio de 2022

POCOS SINÓNIMOS ME PARECEN


En el cine estamos tan acostumbrados a ver películas de juicios que, mientras pasan los minutos de interrogatorios, testigos, abogados, fiscales y jueces, no nos damos cuenta que en nuestro día a día muchas cosas se parecen a esto, aunque no nos percatamos de ello. Siempre me llamó la atención esa parte del juicio donde el juez, después de que toda la sala haya escuchado un dato espeluznante o un hecho sorpresivo o a un testigo desconocido, dice muy circunspecto: "el jurado no tendrá en cuenta esta declaración" y se queda tan pancho. El jurado olvidará lo que ha escuchado, en otras palabras. ¡Qué facil! ¿y ahora cómo me olvido que fulanito vio como menganito apuñalaba al asesinado? Pues sí, a olvidarse de esto y a seguir como si nunca hubiera ocurrido. 
Si bien el cine no es la vida misma ¿o tal vez sí? y no tenemos un juez que todo lo ve y lo sentencia, si hay algo que me pone enfermo de verdad es el cotilleo incesante. Chismorrear, alcahuetear, comadrear, murmurar de todo, eso que forma parte del día a día de una oficina que más parece un aquelarre que un lugar de trabajo. Ojos que no ven, corazón que no siente, dice el refrán y ésta parece ser la fórmula mágica para sobrevivir ante tanto ántrax. Que si éste vende droga, que si el otro es un ladrón, que si el de más allá es un nuevo rico, que si mira el coche que tiene en el garaje, que si éste se fue con su secretaria, que si aquel es una marica mala, que si esto o que si lo otro. El punto es rajar, rajar y rajar como sea, cuanta más sangre mejor. ¿Y qué hacer cuando uno escucha una y otra vez perlas similares, o peor, se las cuentan? Pues está claro que escuchar al juez de tu interior y, como Gregory Peck, no tener en cuenta esa declaración. 
Ha hablado el cerebro, todo controlado. Pero cuando habla el corazón... Parece que uno tiene la suficiente educación o autocontrol o a saber qué, para no acercarse a la mesa y meterle dos hostias antológicas, de cine. O mejor tres.
Sigo pensando que una de las cosas que quiero hacer cuando me jubile o deje el trabajo antes -esto parece más cercano que la jubilación- es escribir un libro sobre mi experiencia en la Administración Pública: anécdotas, relación con los ciudadanos y con los políticos y, sobre todo, con esa sarta de alimañas que, como las meigas, haberlas haylas. 
No todo es cine, aunque lo parezca. Palabrita.

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