viernes, 13 de enero de 2017

AY, EL PODER

La asignatura de Filosofía siempre me gustó cuando estudiaba, y recuerdo que en COU obtuve una muy buena nota, creo que la mejor entre todas las demás asignaturas, porque como me interesaba participé siempre en los debates en clase, estudiaba mucho y, supongo, los exámenes me salieron bien. Fue durante este curso -el profesor se llamaba Isaac, si no me equivoco-, cuando discutimos recurrentemente sobre el poder, el dichoso PODER. Ya, desde los griegos, se decía que el poder continuado derivaba en corrupción, o sea, "el poder corrompe". Lo recuerdo bien porque en una de aquellas discusiones fui a decir que el ser humano acababa metamorfoseándose cuando gozaba de poder y me armé un lío con el tiempo verbal de la palabrita. 
¿Y a qué viene esto? sí, es cierto, empiezo y no paro, pero esta vez todo tiene que ver con algo que he sabido donde el poder y las formas tienen mucho que ver. Las formas o la falta de ellas, porque tener poder no tiene, no debe, estar en guerra con ser educado. Si en algo nos debemos diferenciar de los demás, o de quien nos disgusta, es en las formas. Por otro lado, las despedidas siempre son tristes, pero a un buen compañero, a una buena persona, hay que despedirlo como dios manda, y no digo con honores para no ser demasiado cursi y porque, espero, le quedarán aún muchos años de vida. El poder no debe nublar la visión, nunca.
¡Qué sabios fueron los griegos!