domingo, 25 de noviembre de 2018

¿QUIÉN ES EL FASCISTA?


Hermann Hesse y la sonrisa triste de Borrell
Y después de la bronca en el Congreso, ¿qué? ¿Quién pedirá perdón por los cristales rotos?
JUAN CRUZ

Mientras pasaban ante él Gabriel Rufián y otros diputados de Esquerra Republicana de Catalunya, todos ellos paisanos suyos, Josep Borrell mantuvo una sonrisa triste, propia de quien no se cree lo que está pasando. Sucedió el miércoles último en el Congreso. La fotografía ha estado en todos los medios, pero el apresuramiento con que ahora todo pasa hizo que esa instantánea pasara como un ruido más de la tarde.

La riña dialéctica que terminó con la expulsión del diputado Rufián del hemiciclo comenzó con un malentendido. El ministro creyó que su adversario lo había llamado racista, y a lomos de la confusión la tensión se hizo estallido. Lo había llamado fascista.

Es evidente que el ministro no es un fascista; lo saben el señor Rufián y los señores que se fueron tras él, y lo sabe bien el señor Tardá. De manera legítima, el señor Borrell ha defendido ideas contrarias a las que sostienen los independentistas catalanes. Es obvio que atacarlo como lo atacó el señor Rufián obedece a los deseos de este de ir más allá de lo que es aceptable en un debate. El diputado de Esquerra cree que todo se puede decir, porque todo es ficción, y no cae en la cuenta de que está tendiéndose una trampa, pues toda exageración, aunque sea espectáculo, convierte en ridículos los aspavientos.

La sonrisa melancólica de Josep Borrell no se oyó en el hemiciclo. Tampoco se oyó el aspaviento de Rufián (las manos desplegadas, reclamando de manera patética un protagonismo que dio vergüenza ajena y propia). Pero ambos hechos, la sonrisa del ministro y el aspaviento del diputado, dijeron más que el rifirrafe anterior. A Borrell se le vio melancólico, pues lo que ocurría parecía mentira que pasara en las Cortes democráticas, que alguien dijera fascista de otro solo por insultar, y a Rufián se le vio ufano, ignorante del daño que se hace a sí mismo, y a los suyos seguramente. El daño, esa es la palabra que ahora marca la época. La era del daño.

La situación remite a un artículo, también melancólico, como la rabia contenida, que Hermann Hesse, el autor de El lobo estepario, publicó en plena Primera Guerra Mundial deplorando el tono que políticos e intelectuales de su país, Alemania, seguían para remedar, ridiculizar o insultar a los adversarios. El artículo está recogido en La eternidad de un día (Acantilado), una compilación de textos clásicos del periodismo alemán publicados entre 1834 y 1934.

Hesse lo tituló ¡Amigos, no en ese tono!, y debería ser lectura recomendada a Rufián por quienes le acompañan en los escaños republicanos del hemiciclo, y por todos los que, en un lado y en otro de la vida pública, se jactan de gritar más que el de enfrente. Después de su publicación, los nacionalistas que más gritaban entonces en la Alemania prehitleriana persiguieron a Hesse, y cuando ya los nazis se hicieron cargo del Gobierno alemán sus libros y sus artículos fueron prohibidos.

Para pedir que sus compatriotas cambiaran de tono, exaltado por la guerra, Hesse se hizo estas preguntas: "¿Qué nos esperaría una vez acabada la guerra —un porvenir que ya empieza a inquietar—, cuando se reanuden los viajes y el intercambio cultural entre los pueblos? ¿Y quién va a colaborar para que todo retorne a su cauce, para que volvamos a entendernos, a apreciarnos, a aprender los unos de los otros?". El tono se había hecho pedazos.

La melancolía de Borrell, la cara afrentada del hemiciclo, la desolación de la presidenta de las Cortes, la cara de las estenotipistas, el gesto de Tardá, el ruido enorme que siguió, la pena, pero también el regocijo, que marca ahora la conversación política, los aprovechados mediáticos del ruido... ¿Y después qué? ¿Quién pedirá perdón por los cristales rotos?

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