lunes, 19 de junio de 2017

DE RATONES Y HOMBRES

Si anteriormente he escrito en defensa de los controladores aéreos -sí, lo sé, debo ser de los pocos-, hoy me toca hacerlo de los funcionarios, porque trabajan, sí, mucho, como el que más. ¿Que hay funcionarios que no dan golpe? claro, ¿y cómo no iba a haberlos? Piensen en un solo trabajo donde todos los miembros del gremio sean igual de profesionales... ¿lo ven? Pues lo mismo pasa son los funcionarios.
Voy a contarle la historia de Luis, al que conozco, de manera que es una historia verdadera, no novelada, como la vida misma que dirían algunos. Luis es el típico representante de la clase media española, la clase donde recae todo el peso de Hacienda (le devuelven casi un año después de presentar su declaración), tiene una hipoteca que paga religiosamente para evitar las llamadas del banco y que le hacen prescindir de todo lo superfluo, estaba suscrito a revistas profesionales -ya no-, era socio de un club privado del que también ha prescindido, se levanta cada mañana a las 4:30, entra a trabajar a las 5 (sí, evidentemente tiene un horario un tanto especial) y sale a las 2-2:30. Durante las dos primeras horas de la mañana trabaja sólo en su despacho, sin compañeros, sin teléfono; a las 7 empieza a llenarse la oficina y ya no para, literalmente, hasta el punto de poder salir a desayunar la media hora reglamentaria escasamente algunos días del mes. A partir de las 7 comienzan las reuniones, las llamadas de teléfono, las salidas a la calle, a otros departamentos, etc. Y, como Luis es resolutivo, lo castigan encomendándole más trabajo, más y más, liberando al inepto; algo así como lo que nos han enseñado de dios toda la vida, pero al inversa: esta moderna deidad castiga a los buenos y premia a los malos. Y, por supuesto, nunca es suficiente, la máquina pide más y mas... ¡Por favor, no vayas a equivocarte! ¡anatema! ¡el armagedón!
Y así transcurre la vida de Luis, el hombre orquesta, con la presión arterial que sube un poquito más cada día, el estrés que lo devora, las energías que desaparecen, el insomnio que lo acompaña. Esperemos que no, cruzo los dedos, pero el infarto y la depresión rondan como los tunos.
El ser humano, como Luis, es un superviviente nato. ¡Que suene la orquesta y no pare!

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