martes, 27 de marzo de 2012

GRACELAND, 25 AÑOS YA

La Graceland africana de Paul Simon cumple 25 años
El músico regresa a Sudáfrica un cuarto de siglo después para participar en un documental. La historia de 'Graceland' supone el triunfo de la fusión en el pop de consumo masivo.
Manuel Cuéllar Madrid 27 MAR 2012 - 00:03 CET
 
Hace 25 años el mundo era muy distinto a como lo conocemos hoy en día. Es una verdad de Perogrullo, pero parece casi imprescindible llover sobre mojado al enfrentar la historia de un disco como Graceland de Paul Simon. Solo un dato: cuando ese LP salió al mercado aún quedaban cuatro años para el advenimiento de Internet —la Enciclopedia Británica sitúa en 1990 el momento en el que la red de redes "comienza a hacerse visible para el público general"—. Además, en 1986 hacía apenas cuatro años que el CD había comenzado a comercializarse y sus precios eran tan exagerados entonces que la mayoría del público español llegó a Graceland a través del vinilo y el casete.
Pero más vintage que todo eso —y tal vez más importante—, es que entonces todavía nadie podía teclear en Google una palabra como, por ejemplo, Mbaqanga. La mayoría de la cultura musical de entonces se adquiría a través de la radio, la tertulia y sobre todo del préstamo 1.0 que hacía engrosar las colecciones de miles de jóvenes y no tan jóvenes en casetes que dejaban de ser vírgenes para terminar conteniendo los sonidos de discos prestados bajo el juramento de devolución.
Cuando los sonidos Mbaqanga, Isicathamiya —entre otras cosas— llegaron impresos en los surcos de Graceland a millones de hogares del mundo, casi nadie sabía que aquello venía directamente de Sudáfrica contendiendo influencias de los antiguos ritos Zulús. Lo que Paul Simon consiguió fue algo que, a mediados de los ochenta, se podía considerar casi un milagro. En aquel momento triunfaba la música hecha por grupos espontáneos que casi no sabían tocar, era la década del glam y del tecnopop, de la despreocupación y la frivolidad. Aquello era lo que estaba de moda, al menos en España. Así que por entonces ser fan de la llamada world music era casi sinónimo de ser un bicho raro. “Antes de Graceland, la música de Sudáfrica había sido una gran desconocida fuera de aquel país, excepto para una pequeña minoría de amantes de las músicas del mundo”, palabra de Peter Gabriel.
Justo el año en el que apareció Graceland, Joe Strummer daba por finalizada la vida de The Clash. Dos años más tarde, el periódico Los Angeles Times publicó una entrevista en la que Strummer decía: “No me gusta la idea de que gente que no sea adolescente haga discos. Los adolescentes hacen los mejores discos. Salvo Paul Simon. Salvo Graceland. Él ha tocado una nueva tecla aquí y pese a que está escribiendo para la gente de su edad, ese disco es algo nuevo”.
Cuando Graceland ve la luz Paul Simon tiene 45 años y en su biografía le cuesta separarse de sus años de Simon y Garfunkel. En 1979 lanza la colección de canciones One Trick Pony destinadas a convertirse más tarde en la banda sonora de una película. El disco obtuvo un éxito moderado que no remontaba su carrera en solitario. Garfunkel también lo intentó con Fate for Breakfast y Scissor Cut de 1981 con el que se da un batacazo de tal calibre que lleva a ambos músicos a reunirse el 19 de septiembre de 1981 en el mítico concierto de Central Park en Nueva York donde repasaron, fundamentalmente, los grandes éxitos de su carrera como dúo, aunque también cantaron varias de sus canciones en solitario. En el 83 Simon regresa con Hearts and Bones un precioso disco que sin embargo no consigue tener el éxito esperado. La sombra de Simon y Garfunken continuaba siendo demasiado alargada.
Tal vez entonces se acordara de Boston. Del comienzo de su primera gira triunfal en solitario. Quizás recordara que en 1974 subió al escenario a un grupo de músicos de Argentina y Uruguay que había conocido en París en 1965. Con ellos, con Urubamba, realizó algunas de las versionas más hermosas de Duncan, The Boxer y El Condor pasa (If I could) y junto al godspell de los Jessy Dixon Singers, el cantautor de Nueva Jersey había firmado uno de los discos más sencillos y sublimes de su carrera grabado en directo: Live Rhymin’. Tal vez era hora de volver a la investigación y la búsqueda fuera de sus propias fronteras.
Regresamos al préstamo 1.0. Paul Simon había estado escuchando música sudafricana en cintas de un grupo llamado The Boyoyo Boys, del guitarrista Ray Phiri y de Joseph Shabalala de Ladysmith Black Mambazo que le había regalado una cantautora amiga llamada Heidi Berg con la que trabajaba —ella será la que encabece la lista de agradecimientos de Graceland—. Así que decide viajar a Sudáfrica donde encuentra todo un universo de ritmos y artistas con los que colaborar. Un mundo que le llevará a ser pionero de lo que luego se ha llamado fusión. En 1985 comienza a grabar en los Ovation Studios de Johanesburgo con un gran número de músicos africanos como Forere Motloheloa, acordeonista, junto a quien firma la música de The boy in the bubble, primer corte del disco; General M.D. Shirinda coautor del terma I know what I know; Jonhjor Mkhalali and Lulu Masilela que componen junto a Simon Gumboots; Joseph Shabalala que firma Diamonds on the soles of her shoes y Homeless. Y otro gran grupo formado por Ladysmith Black Mambazo, The Gaza Sisters, Chikapa "Ray" Phiri, Demola Adepoju, Baghiti Khumalo, Vusi Khumalo, Lulu Masilela, Youssou N'Dour, Makhaya Mahlangu, Babacar Faye y Assane Thiam que trabajan como impagables músicos de estudio.
Por otro lado, Paul Simon graba en los estudios Abbey Road de Londres, los Amigo y Master-Trak Entreprises de Los Ángeles y The Hit Factory de New York. A todo lo puesto en pie en Sudáfrica le falta todavía la fusión con la tradición musical de Estados Unidos. Así que Simon busca colaboraciones infalibles como la preciosa voz de Linda Ronstadt en el magnífico tema Under african skies; The Everly Brothers, Good rockin dopsie and the Twisters y Los Lobos con los que el cantautor mantuvo una agria polémica por la autoría en los créditos de All around the world (the myth of fingerprints) la canción en la que aparecían tan solo como músicos. De esa coctelera nació Graceland. Un bombazo del que se han vendido más de 14 millones de copias en el mundo y que supuso un antes y un después en la fusión de estilos de diferentes culturas para el público masivo que quedó encandilado en la era preinternet.
Desde principio de los 80 Sudáfrica había estado sujeta a un boicot internacional contra el régimen del apartheid y el Congreso Nacional Africano y la ONU declaran a Simon persona non grata por haber roto el boicot al atreverse a grabar en Suráfrica y con músicos sudafricanos justo en uno de los momentos más crudos y más represivos contra la población negra del país. Fue una postura que le ofreció a Simon un extra de publicidad gratis, pero también una polémica que, a posteriori, resultaba un tanto absurda, puesto que lo que el músico estadounidense logró fue poner en valor y ofrecer un altavoz impagable a una parte importantísima de la cultura negra que estaba siendo aplastada. En 1987 Simon anunció en Londres que ambas entidades habían reconsiderado su postura y le habían borrado de las listas negras. Justo a tiempo para el comienzo de una de las giras más triunfales de Paul Simon. Un auténtico fenómeno de masas que le llevó a recorrer el globo durante dos años.
El pasado mes de enero se estrenó en el festival de Sundance el documental Under african skies de Joe Berlinger en el que el músico regresa 25 años después a Sudáfrica para rememorar la creación de Graceland y su influencia a lo largo de los años, así como sus controversias con el asunto del apartheid. La cinta ganó el premio del público en el pasado festival South by Southwest (SXSW). El documental se comercializará junto a una reedición del disco en edición de lujo que se lanzará esta primavera. Además, el 15 de julio en el londinense Hyde Park, Simon interpretará Graceland con la ayuda de Ladysmith Black Mambazo en el Hard Rock Calling festival.
Paul Simon explicó hace años, cuando su gira Graceland recaló en España, con sus propias palabras, cuál era el secreto para que aquel disco hubiera calado tan profundamente en el público: “He intentado dar un nuevo aspecto a distintas formas de música sudafricana, y si me preguntas por qué, no sabría qué responder; simplemente me enamoré de la música sudafricana”. Con su siguiente trabajo, The Rhythm of the Saints, volvió a intentar la fórmula con los sonidos de Brasil, pero no fue lo mismo. Nada como un padre llevando a su hija a conocer la casa de Elvis —la historia que cuenta la letra de Graceland—. Nada como la llamada de África.

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