domingo, 1 de diciembre de 2024

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BELLEZA

 



























BLACK FRIDAY

 


HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

 

¿CUÁL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

 



TODO ESTÁ EN LOS LIBROS


Un pequeño milagro
Los libros, como casi todo lo que merece la pena, no son una creación individual sino colectiva.
Ana Iris Simón, 30.11.2024

Hace cuatro años publiqué un libro. Entonces tenía 28 y cobraba 1.200 euros como redactora de una revista juvenil. A la firma del contrato recibí un adelanto de 1.000, y cuando hablaba con mi padre siempre le decía lo mismo: que a ver qué hacíamos como no vendiera los 1.000 ejemplares de la primera edición si ya me había gastado el dinero, no lo podía devolver. Él solía responderme que no me preocupara, que como tengo tantos primos, con que cada uno me comprase un libro y otro para un amigo, ya estaba hecho.

El caso es que la primera tirada se vendió en pocas semanas, y después vinieron otras cuantas. Lo que ocurrió fue milagroso: no solo no tuve que devolver los 1.000 euros, sino que gané dinero con ese libro. Gané bastante, de hecho, no comparándolo con la fortuna de Elon Musk, pero sí con lo que acostumbra a tener en su cuenta alguien que, como yo hasta entonces y como la mayoría de españoles, ganaba menos de 20.000 al año.

El milagro —que en realidad fue el cariño de miles de lectores, porque los milagros siempre emanan de algún modo del amor— no fue tanto que una redactora desconocida de una revista minoritaria, sin padrinos e hija de carteros, vendiera un montón de libros, sino que lo hiciera en una editorial pequeña. Porque quien me había encargado aquel libro, quien había aguantado durante meses mis excusas para posponer su entrega —un editor es a veces un psicólogo gratuito— y quien me había dado esos 1.000 euros de adelanto había sido Eva Serrano, editora de Círculo de Tiza.

En aquellos meses aprendí algunas cosas. Una de ellas es que los libros, como casi todo lo que merece la pena, no son una creación individual sino colectiva. Hasta entonces, cuando iba a una librería y cogía una novela la pensaba únicamente obra de su autor. Obviaba que, para que quien imprime su nombre en la portada y se lleva la gloria pueda hacerlo, ha tenido que existir antes un mundo al que robarle —porque escribir es eso, robarle al mundo—, unas experiencias más o menos transformadoras, un conocimiento e incluso unas capacidades que, al contrario de lo que solemos pensar, nunca son propias sino legadas.

Obviaba también que para que un autor pueda entregar su manuscrito ha de existir una familia que lo sostenga, unos amigos con quienes compartir vida e inquietudes, unos maestros que le aconsejen esta o aquella lectura. Y, por supuesto, obviaba que, para que un libro llegue a una estantería, es necesario el trabajo de muchos profesionales que no suelen figurar en ningún sitio.

En él ha tenido que intervenir un editor, un corrector, un maquetador y un ilustrador que diseñe la portada —de cuyo tino va a depender, en gran medida, el éxito del libro—, además de la imprenta, la distribuidora y, finalmente, el librero que se lo recomiende al dueño de la estantería, que a su vez, si hay suerte, se lo recomendará a otro dueño de otra estantería. Detrás de todo esto están las editoriales, que son quienes coordinan el proceso, todas ellas con mucho esfuerzo en los tiempos que corren, pero las pequeñas aún más.

Que en la selva de las grandes editoriales fichando a famosos y youtubers para publicar, los premios millonarios y las listas de suplementos literarios copadas casi por completo por títulos de grandes grupos —y, a poder ser, firmadas por colegas— existan esas editoriales casi familiares es una gesta. Contribuyan, siempre que puedan, a ella. Porque cuando compran uno de sus títulos no están comprando solo un libro, sino un pequeño milagro.
♫

¡FELIZ NAVIDAD!

 

sábado, 30 de noviembre de 2024

LO MEJOR, CASI AL FINAL


Microsoft y Atom Computing anuncian un ordenador cuántico tras batir un récord de computación fiable
Una investigación de las compañías proclama el entrelazamiento robusto de 24 cúbits lógicos que asegura un procesamiento mejor que con sistemas clásicos.
Raúl Limón, 30.11.2024

Las compañías Microsoft y Atom Computing han publicado en el repositorio científico Arxiv la consecución de un récord cuántico: computación robusta y fiable mediante el entrelazamiento de 24 cúbits lógicos a partir de átomos neutros. Según ambas empresas, el avance les permite anunciar la comercialización de un computador de esta tecnología para este próximo año. “Los resultados muestran los avances hacia la ventaja cuántica científica [ejecutar tareas de manera más rápida, económica y eficiente que una computadora clásica], que requerirá no solo una computación fiable, sino también la integración con la inteligencia artificial y procesamientos de alto rendimiento”, explica Krysta Svore, técnica de esta tecnología en Microsoft.

Jian-Wei Pan, científico de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China (USTC) y líder de uno de los mejores grupos de investigación cuántica del mundo, ya advertía hace dos años que uno de los logros más disruptivos en esta tecnología sería “contar con un cúbit lógico con mayor fidelidad que el físico”. El investigador calculaba que este avance se alcanzaría en unos cinco años. Microsoft y Atom Computing aseguran haberlo conseguido ya.

La computación cuántica aprovecha las propiedades de átomos, iones, fotones o sistemas superconductores para salvar las limitaciones binarias y multiplicar exponencialmente la capacidad de procesamiento. Lo consigue aprovechando la superposición de estados, el principio que permite estar simultáneamente en más de dos valores a la vez. Pero esta superposición es vulnerable a cualquier perturbación y la información contenida en cúbits físicos se pierde o altera (decoherencia), por lo que se utiliza la corrección de errores y la recuperación para desarrollar un cúbit lógico, que preserva la información cuántica.

“Pero no todos los tipos de cúbits permiten la corrección de errores cuánticos necesaria para permitir una computación fiable. Y sin ella, es poco probable que se logren soluciones valiosas a problemas clásicamente intratables [irresolubles con procesamiento convencional]. Es esencial pasar de la informática con cúbits físicos [vulnerables al ruido] a operar con lógicos y fiables”, argumenta Svore.

Para conseguirlo, Atom Coputing han recurrido a átomos neutros, con más estabilidad y capacidad de interconexión, como cúbits físicos para almacenar y procesar información cuántica mediante la manipulación con pulsos de luz láser.

Con 112 de ellos se han desarrollado, mediante la plataforma Azure Quantum de Microsoft, 24 cúbits lógicos entrelazados (el mayor número registrado hasta la fecha en un sistema comercial de átomos neutros) cuya fidelidad, según la investigación publicada en Arxiv, ha sido del 99,6%, la mayor robustez alcanzada por un sistema comercial, según los investigadores. Microsoft ha conseguido en esta ocasión duplicar los 12 cúbits lógicos fiables que alcanzó anteriormente con una trampa de iones de Quantinuum.

“Esos qubits lógicos son capaces no solo de entrelazarse, sino también de someterse a muchas operaciones lógicas sin fallar para permitir soluciones exitosas a cálculos complejos”, asegura Svore. La confluencia de ambas tecnologías permite, de acuerdo con las dos compañías, “una corrección de errores cuánticos más rápida, avanzada y eficiente”.

“Los cúbits lógicos han realizado con éxito cálculos basados en el algoritmo de Bernstein-Vazirani [un algoritmo cuántico diseñado por Ethan Bernstein y Umesh Vazirani a principios de los noventa para resolver un problema específico de forma más eficiente que por métodos clásicos]. Además, fueron capaces de producir una solución más precisa que el mismo cálculo con cúbits físicos”, detalla la investigadora de Microsoft.

En este sentido, Ben Bloom, fundador y director general de Atom Computing, añade: “Nuestra tecnología de átomos neutros altamente escalable se puede utilizar para crear grandes cantidades de cúbits de alta fidelidad, que son una parte crucial de la estrategia de Atom para construir computadoras cuánticas tolerantes a fallos”.

Los resultados han llevado a las dos compañías a anunciar la comercialización de un computador cuántico el próximo año con la tecnología desarrollada. “Al acoplar nuestros cúbits de átomos neutros de última generación con el sistema de virtualización de Microsoft [cúbits lógicos], ahora podemos ofrecer una máquina cuántica comercial confiable. Este sistema permitirá un rápido progreso en múltiples campos, incluyendo la química y la ciencia de los materiales”, asegura Bloom.

Las compañías no han especificado el precio de próximo computador que, además del sistema desarrollado a partir de los átomos neutros, integrará nube de computación de alto rendimiento (HPC) y modelos avanzados de inteligencia artificial a partir de la plataforma Azure Elements,

Este recurso ya se utiliza en química generativa para el desarrollo de nuevas moléculas sintetizables y útiles. Además, permite la creación de nuevos conjuntos de datos para entrenar modelos de inteligencia artificial y proporcionar soluciones a problemas complejos en otras industrias.

En este control de las unidades de información cuánticas participan numerosos laboratorios del mundo. En el ámbito de equipos, el Instituto de Investigación de Electrónica y Telecomunicaciones (ETRI, por sus siglas en inglés), en colaboración con el centro tecnológico coreano Kaist y la Universidad de Trento, ha anunciado el desarrollo de un sistema capaz de controlar ocho partículas de luz portadoras del campo electromagnético utilizando un chip de circuito integrado fotónico.

El equipo de investigación midió el efecto Hong-Ou-Mandel, un fenómeno cuántico por el cual dos fotones que entran desde diferentes direcciones pueden interferirse y recorrer juntos el mismo camino, y consiguió un estado entrelazado de cuatro cúbits en un circuito integrado. El objetivo es fabricar chips de 16 y 32 cúbits para avanzar en computación cuántica.

“Planeamos avanzar en nuestra tecnología de hardware [equipamiento] cuántico para un servicio de computación basado en la nube. Nuestro objetivo principal es desarrollar un sistema a escala de laboratorio para fortalecer nuestras capacidades de investigación en computación cuántica”, explica Yoon Chun-Ju, vicepresidente de la división de esta tecnología en el ETRI.

Su compañero Lee Jong-Moo, que participó en el desarrollo, es cauto aún, a pesar de los avances: “La investigación para la implementación práctica de los ordenadores cuánticos es muy activa en todo el mundo. Sin embargo, aún se necesita una amplia investigación a largo plazo para realizar la computación cuántica práctica, especialmente para superar los errores computacionales causados por el ruido en los procesos cuánticos”.

En este sentido, científicos del Instituto Max-Planck han demostrado una forma particularmente eficiente para que los fotones pueden entrelazarse con fonones acústicos de una forma resistente al ruido externo, según publica Physical Review Letters. La posibilidad de implementar este concepto en fibras ópticas o chips fotónicos integrados hace que este mecanismo sea de especial interés para su uso en tecnologías cuánticas modernas.

BEBEN Y BEBEN

Se me ha perdido un viernes, en serio. Hoy me levanté temprano, como (casi) siempre, convencido de que lo hacía un viernes, pero no. Resulta que es sábado, ni me había dado cuenta; otra demostración palmaria de la relatividad del tiempo o, visto de manera más pesimista,  que se nos va la vida en un suspiro.
Ya saben a buen entendedor...
Leo esta mañana un poema de Gloria Fuertes, "Amor que libera" y escucho el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo interpretado por Paco de Lucía con la Orquesta de Cadaqués dirigida por Edmon Colomer. 
Ya no soy la niña amarga
que tenía un mar de llanto
y alta ortiga por el alma.
Ya no soy la niña enferma
que al oír risas lloraba;
ya salí del solitario
bosque que me acorralaba.
Ahora soy la niña verde,
porque floreció mi calma.
Ya no soy la loca triste,
ya no soy la niña blanca,
nuevo amor ha traspasado
con el nardo de su lanza
mi corazón, que ahora tiene
un nombre de menta y ámbar.
¡Ay cuánta sonrisa noto
que trepa por mis espaldas!
¡Qué brillo tienen mis ojos
—viudos de siete mil lágrimas—!
La vida me sabe a verso
y los besos a manzana.
—El monte arregla sus pinos,
por las rocas el mar baila—.
El amor danza en mi pecho.
¡Ya me quiere! ¡Ya me aguarda!
Ya no soy la loca triste,
que al oír risas gritaba;
ahora soy la niña dulce,
ya no soy mujer amarga.

El sonido del tambor de la lavadora girando intenta apagar la guitarra, pero no lo consigue, únicamente la acompaña. Entra la luz perpendicular al chester recién lustrado y la casa solitaria, huérfana de viernes también, se prepara para un sábado tranquilo, quizá de lectura y algo de siesta. ¿Vida social? Pues no sé a estas horas de la mañana, pero es otra opción válida. Los amigos son como la buena música, siempre traen alegría y alimentan el alma.

Mañana es domingo, día 1 de diciembre, empiezan las Navidades, a pesar de la insistencia de supermercados y centros comerciales, apuntados raudos a eso de darlas por comenzadas tras amortizar Halloween. Llega Mariah Carey y su ♫All I want for Christmas is you♪, Michael Bublé, el odioso tamborilero de Raphael, los peces a los que no se le calma la sed y las muñecas de Famosa que siguen anda que anda dirigiéndose al Portal cual conejitos de Duracell. Unas Navidades marcadas por la resaca de la DANA valenciana, el congreso del PSOE, las guerras interminables en Ucrania y Gaza -la del Líbano parece que va algo mejor-, la inefable Ayuso agazapada (¿a qué espera?), el goteo de pagos a miembros del Gobierno, aún sin pruebas; la mujer del Presidente, que más parece el título de una novela o de una serie de TV, etc. 

Me gusta la Navidad. Vigo encendida, otras ciudades a la zaga, reportajes en la tele recordándonos lo que vamos a gastar en Nochebuena y en qué viandas, la enésima crisis, las tiendas vacías pero sin que quepa un alma en la calle, el turrón que vuelve por Navidad -mira que está rico el de chocolate, sal y pistachos de Turrones San Vicent-, los panetones hasta en la sopa, los almuerzos de trabajo (este año me lo pierdo), las cenas de amigos, las que fueron cestas navideñas reemplazadas por feas cajas de cartón, los reyes magos trepadores haciéndole la competencia a Papá Noël y así podríamos seguir elemento tras elemento.

Tiempo de viajes, cerca o no, de reencuentro, de compartir. Tiempo de envolver regalos, de lista de deseos que no se cumplen y otros que sí, de ópera y conciertos de final de año, de valses, de encrucijadas resueltas, de otro año más a contar o a descontar, que no es lo mismo pero es igual.
Y, sobre todo, de dar gracias, porque siempre hay alguna razón para ello. ¿O no?
♫
Joaquín Rodrigo, *Concierto de Aranjuez.
Paco de Lucía

viernes, 29 de noviembre de 2024

DE NADA

Carl Philipp Emanuel Bach, *Keyboard Sonata in A Major.

EL ARMAGEDÓN


¿Cuándo tendremos el valor de detener la crisis climática?
El capitalismo está provocando la destrucción del planeta. Debemos buscar soluciones fuera —y en contra— de nuestro sistema económico.
Sally Rooney, 29.11.2024

Si seguimos quemando combustibles fósiles al ritmo actual, iremos sin remedio hacia el derrumbe apocalíptico de la civilización. Y lo más asombroso es que ya casi nadie discrepa seriamente de esta afirmación. No solo porque el consenso científico es abrumador, sino porque, cada vez más, nosotros mismos podemos ver personalmente las pruebas. Los fenómenos meteorológicos letales son cada vez más frecuentes y graves en todas partes. Los agricultores experimentan en carne propia las consecuencias del aumento de las temperaturas, la inestabilidad de los patrones climáticos y la pérdida de biodiversidad. La mayoría de los líderes mundiales se han comprometido a reducir las emisiones de carbono. “No se puede negar la ciencia”, dice Simon Harris, “el planeta está en llamas”. A pesar de ello, año tras año, los objetivos no se cumplen, los combustibles fósiles generan beneficios gigantescos y las emisiones mundiales de carbono siguen aumentando.

¿Cómo es posible? La humanidad parece estar atrapada en un siniestro combate a muerte y una lucha desesperada por sobrevivir. ¿Pero contra qué enemigo? ¿Qué poderosa fuerza es esa que está luchando por la extinción de la humanidad? Algunos quieren hacernos creer que somos nosotros, unas criaturas intrínsecamente codiciosas, condenadas a destruir todo lo que tocamos. Pero la verdad es que los seres humanos habitan la Tierra desde hace cientos de miles de años y no empezaron a emitir niveles peligrosos de dióxido de carbono hasta el nacimiento de la sociedad industrial, en el siglo XVIII. Y la mayor parte de ese incremento se ha producido hace muy poco. En una proporción abrumadora, durante las últimas décadas, cuando ya se conocía el peligro del cambio climático. Si la causa del calentamiento de nuestro planeta es la codicia humana, debe de ser una codicia especial, sorprendentemente tardía —dada la larga historia de nuestra especie— y de una fuerza inesperada. Pero quizá podemos darle un nombre más apropiado y concreto: capitalismo.

A diferencia de otras formas de organización de la vida económica, el sistema capitalista genera —y necesita— un crecimiento exponencial. Antes de la era del capitalismo industrial, la producción económica no solía variar mucho entre una década y otra, ni siquiera entre un siglo y otro. Un campo producía más o menos las mismas cosechas en 1200 que en 1600. La aparición del capitalismo cambió todo. Hoy, como en la época de la máquina de vapor, las economías capitalistas deben crecer sin parar, y no hasta alcanzar un supuesto estado final de abundancia perfecta, sino para seguir avanzando: más recursos, más producción, más consumo, siempre más. Crecimiento significa rentabilidad de la inversión, que es la base de la economía capitalista. Quienes tienen capital para invertir quieren que su dinero crezca, no porque son malévolos ni dementes, sino porque ese es el principio básico de la propia inversión. Como explica el filósofo político Kohei Saito, el capitalismo, sencillamente, no puede “desacelerar”. El impulso de crecer es el motor del sistema. Y ese motor, como casi todos los demás, funciona con combustibles fósiles.

Por supuesto, este panorama está incompleto. El carbón, el petróleo y el gas no son más que sustancias inanimadas, sin ninguna capacidad intrínseca de influir en nuestra economía. Para que los combustibles fósiles generen beneficios, la gente debe pagar por ellos o por los bienes que ayudan a producir. Y paga. Desde los vuelos de larga distancia hasta los coches de lujo, pasando por la moda rápida, los consumidores pudientes están encantados de profanar nuestro planeta a cambio de tener diversión y comodidad. Pero el consumo, en sí, por muy derrochador que sea, no genera ni necesita un crecimiento exponencial. Si una persona compra 10 camisas un año, no hay ninguna lógica económica que le obligue a comprar 12 o 15 el año que viene. El crecimiento es un principio del capitalista, no del consumidor. Y la diferencia entre las necesidades de las personas y las necesidades del capital es muy evidente. Aquí, en Irlanda, al mismo tiempo que muchas familias tienen dificultades para pagar el recibo de la luz, los centros de datos de las empresas privadas consumen más electricidad que todos los hogares urbanos juntos.

¿Y la democracia? ¿La democracia de quién? Al fin y al cabo, nuestro sistema político no es una democracia única mundial, sino una jerarquía desigual de naciones. En la práctica, un puñado de votantes en los estados bisagra de Estados Unidos tiene más poder para determinar la velocidad y la magnitud del calentamiento del planeta que los demás miles de millones de habitantes de la Tierra. Como es sabido, los colonos norteamericanos se rebelaron contra el hecho de que pagaban impuestos pero no estaban representados. ¿Es muy distinta la destrucción medioambiental sin derecho a representación? Incluso aunque las emisiones de carbono se repartieran de forma democrática —cosa que no ocurre—, ¿por qué los votantes de los países más ricos van a tener derecho a envenenar el aire, el mar, el suelo y los ríos de toda la Tierra? El carbono emitido en Estados Unidos y Europa causa estragos en Pakistán, Haití, Somalia y Filipinas, pero los habitantes de esos países no tienen derecho a votar en las elecciones estadounidenses ni europeas. Esta forma de organizar nuestra vida política colectiva se parece, más que a una democracia, a otro sistema político que en Irlanda conocemos bien: el imperio.

Sin embargo, las moléculas de carbono no saben de política electoral ni de soberanía nacional. El carbono presente en la atmósfera no respeta las fronteras, por muy armadas y vigiladas que estén. Podemos considerarnos ciudadanos de un país y miembros de una democracia nacional, pero, ante la destrucción de los ecosistemas planetarios, somos, sobre todo, habitantes de una misma Tierra. Sabemos que las personas más pobres del mundo —que trabajan en centros donde las explotan, campos y minas, para enriquecer aún más a los más ricos— son las que ya están sufriendo las primeras y más graves consecuencias climáticas. Pero no nos engañemos: esta crisis nos alcanzará a todos. Las inundaciones devastadoras como las que acaban de cobrarse cientos de vidas en Valencia son cada vez más frecuentes y catastróficas. También lo son las tormentas más dañinas. Solo en 2023, se calcula que murieron 47.000 europeos como consecuencia del calor extremo. Y esto no ha hecho más que empezar.

Los votantes preocupados por el futuro de la vida humana en la Tierra todavía pueden optar por apoyar a los pocos partidos de izquierda radical que intentan comprender la magnitud del problema, como People Before Profit en Irlanda. Por su parte, los consumidores preocupados por el clima pueden reducir su propio impacto en las emisiones de carbono volando menos en avión, comiendo menos carne o ninguna, comprando menos artículos innecesarios, y así sucesivamente. Estos gestos no son desdeñables, en absoluto, pero tampoco son suficientes para poner de rodillas a los grandes intereses dependientes de los combustibles fósiles. La destrucción del ecosistema mundial y el aumento de las temperaturas exigen que busquemos soluciones fuera —y en contra— del marco de nuestro sistema político actual. Si queremos que los niños de hoy tengan futuro en este planeta, no podemos seguir coloreando obedientemente dentro de los bordes marcados.

¿Qué nos queda entonces? ¿Protestas callejeras, cartas, campañas públicas? ¿Tirar sopa en las galerías de arte? Pero todas esas tácticas no sirven más que para influir en la opinión pública. Las multinacionales no están destruyendo la Tierra porque quieran ganarse las simpatías de la gente, sino para obtener beneficios. Si queremos un verdadero cambio, tenemos que estar dispuestos a poner en peligro esos beneficios y a aprender de quienes ya lo han hecho. Aquí, en el condado de Mayo, los activistas de la organización Shell to Sea se dedicaron durante más de una década a luchar contra la construcción de un gasoducto y una refinería que quería emprender Shell, el gigante de los combustibles fósiles. En 2005, empezaron a organizar piquetes en las obras, impedir la entrada de los trabajadores e incluso sabotear infraestructuras, por ejemplo, destrozando las pistas de madera tendidas sobre las turberas. Los manifestantes fueron objeto de represión violenta e intimidación a manos de la policía (la Garda) y la seguridad privada, pero aguantaron. En 2012 se calculó que los retrasos causados por las acciones de la comunidad habían triplicado el coste total del proyecto. Sí, el gasoducto acabó construyéndose. Pero, en una economía de mercado, solo pensar en el coste de los retrasos puede hacer que una inversión sea menos atractiva. Si un grupo local de activistas comprometidos puede suponerle a Shell un gasto de mil millones de euros o más, imaginemos cuánto podrían conseguir una docena o un centenar de grupos de ese tipo.

¿Qué da a las multinacionales el derecho a contaminar el aire que respiramos, drenar nuestras aguas subterráneas y agotar los menguantes recursos de nuestro planeta, mientras nos quita a los demás el derecho a impedírselo? Una idea concluyente: la propiedad privada. Como los ricos poseen cosas y los pobres no, es legal que los ricos destruyan la Tierra e ilegal que los pobres se lo impidan. En su libro de 2021 Cómo dinamitar un oleoducto, el teórico y académico sueco Andreas Malm escribió: “La propiedad no está por encima de la Tierra; no hay ninguna ley técnica, natural ni divina que, en esta emergencia, la haga inviolable”. O nos enfrentamos al sistema que está amenazando nuestra civilización, o “la propiedad nos costará la tierra”. Con cada año y cada mes que pasa, el argumento es cada vez más difícil de refutar. Sabemos lo que ya está ocurriendo a nuestro alrededor. Y sabemos lo que se avecina. ¿Cuándo vamos a tener el valor de detenerlo?

Quizá, en el mejor de los casos, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos nos recordarán con horror y se preguntarán cómo fue posible que tantos de nosotros —incluida yo misma— fuéramos tan pasivos, desorganizados y cobardes cuando sabíamos que estaba en juego su vida. Por supuesto, otra perspectiva muy verosímil es que no queden muchos vivos y no tengan tiempo para acordarse de nosotros en absoluto.
♫
Soleado, *Vestida de domingo.