Albert Rivera y la exsocialista Soraya Rodríguez el martes
en Madrid. NICO RODRIGUEZ (EFE)
Suerte
Estos políticos no quieren arreglar el mundo, quieren un
sueldo fijo y disponer de las tardes.
Las gentes de la izquierda, en Madrid al menos, dan la
impresión de presentarse a una oposición al Cuerpo de Correos en vez de a unas
elecciones municipales o autonómicas. De ahí la fragmentación de la que somos
testigos. Estos políticos no quieren arreglar el mundo, quieren un sueldo fijo
y disponer de las tardes. De otro modo alcanzarían acuerdos programáticos para
montar una sola candidatura. Pero estamos regresando a los tiempos en los que a
lo más que se podía llegar era a vivir de un sueldo del Estado.
La ventaja de las elecciones es que no tienes que dejarte
las pestañas estudiando 12 o 14 horas al día un temario feroz. Basta disponer
de un arsenal de frases hechas para los mítines y de un poco de caradura para
la tele. La tele, pese a las horas que pasamos en ella, continúa siendo un
lugar extraño. Hay días en los que parece uno de esos callejones solitarios y
estrechos en los que te tropiezas de súbito con compañeros de colegio a los que
hace 40 años que no ves y a los que has de saludar porque no hay forma de
evitarlos. La otra noche apareció en la pantalla un político retirado de la
circulación del que no recordaba ni su nombre. Con franqueza, creía que se
había muerto y resultó que no: que le habían hecho un hueco en el Parlamento
Europeo, donde cobraba un sueldo de funcionario del nivel 24 sin hacer
prácticamente nada, pues no teníamos noticias de su actividad. Luego apareció
otro individuo, también muerto, que, sin embargo, era senador. Pasaba sus
últimos días dormitando en un escaño de la Cámara Alta. De vez en cuando, le
mandaban votar y se equivocaba de botón. Pobre.
Querida Soraya Rodríguez, aunque no la necesitas, suerte en
el examen. Y a ver si te pagas algo para celebrarlo.
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