lunes, 21 de septiembre de 2026

Y NO EL DE ENCARNITA


Paco
Hay episodios de nuestra vida que nos recuerdan la epidemia contemporánea que es la soledad no deseada.
Diego S. Garrocho, 21.09.2026

Paco llegó a Madrid desde Moclinejo, un pueblo de Málaga, con diecinueve años. Como tantos jóvenes de su tiempo, tuvo que dejar su casa para buscarse un futuro en una España castigada por la posguerra. Después se casaría con Elvira, otra andaluza menuda que también vino a vivir a la capital. Juntos pasaron el resto de su vida en Orcasitas, un barrio obrero donde se realojaron muchas familias llegadas con el éxodo rural. Extremeños, andaluces y manchegos se instalaron en viviendas humildes, a veces precarias. Trajeron sus costumbres y crearon comunidades en las que la ayuda mutua y la cercanía resultaron imprescindibles para sobrevivir.

Paco, ya viudo, murió la semana pasada, a los 96 años, rodeado de hijos, nietos y amigos que lo querían. La suya fue una vida lograda y el amor de tantos en su despedida es la mejor prueba. De camino al tanatorio, siempre a la carrera por culpa de encomiendas absurdas, escribí a mi mujer para ponerla al tanto del cambio de agenda. Al explicar el motivo, me sorprendieron mis propias palabras: había muerto un vecino de mis abuelos. Ver aquella frase en la pantalla del móvil me hizo detenerme y me extrañé. Iba a llegar tarde al trabajo por asistir al velatorio de alguien que no era un familiar ni un amigo cercano. Quien había fallecido era el vecino que había compartido rellano con los padres de mi madre, muertos a su vez hace ya más de una década.

Aquella frase me hizo pensar que, con la generación de Paco, también se pierde una manera de convivir. En mi caso, y supongo que en el de tantos, ni siquiera sé cómo se llaman mis vecinos, aunque ahora el rellano tenga materiales mejores y un vigilante que custodia la finca 24 horas. Paco, Elvira o mis abuelos vivían con la puerta abierta y por el olor en la escalera podíamos distinguir qué andaban guisando. Compartían lo que tenían sin estridencias ni heroísmo. Los afectos nacían de una cercanía cotidiana y, a menudo, me temo, de la necesidad. La vecindad era una forma de compañía y casi un pacto de perpetuo socorro. La suerte, la buena o la mala, entonces se compartía.

Al salir del tanatorio no pude evitar pensar en esa epidemia contemporánea que es la soledad no deseada. También reparé en lo extravagante que sería que los nietos de mis vecinos vinieran a velarme cuando yo me muera. Al llegar a casa, me prometí preguntarle el nombre a esa mujer tan amable con la que vivo puerta con puerta. Pero un extraño pudor me frena. Un pudor que Paco, quizá, nunca necesitó vencer.

No hay comentarios: