Llego ileso del gimnasio, todo bien. Mi dedo sajado sigue convaleciente pero ello no me impidió pasar una hora haciendo cardio, para empezar. Media hora en la bicicleta estática leyendo y la siguiente en la cinta caminando rápido, esta vez sin el libro pero concentrado en la visión a través del ventanal a la calle: acera, calle, carril bici, avenida, acera, parque, autovía, invernaderos... el mar. Suena música machacona -mañana llevo los auriculares- y mientras camino sobre esta máquina de tortura mi cabeza no para, veo gente caminar, señoras con prisas, un señor que pasea un perro chico que parece de pilas, un matrimonio enfundado en ropa deportiva que caminan descompasados sin hablar, él delante y ella detrás; una furgoneta blanca con un papel en la ventana lateral que dice VENDO CASA, coches pequeños de distintos colores, y hasta un repartidor de pizzas (¿quién pide una pizza a las 7:30 de la mañana?). Welcome to America!
Mientras camino raudo sobre la plataforma me planteo qué hago ahí, ¿por qué caminar en un gimnasio, sin moverme, escuchando una música tirando a horrorosa en vez de caminar por la calle bajo ficus, palmeras canarias y cocoteros? Como no tengo respuesta continúo caminando y miro de reojo la pantalla iluminada que parpadea y, entre algunos datos ininteligibles para mi que no domino el idioma gimnástico, distingo tiempo (sí, ese que es inexorable), pendiente y calorías supuestamente quemadas. La cinta es más agradable que la bici estática, aquella colocada frente a un espejo gigantesco que te recuerda quién/ cómo eres sin necesidad ninguna. Caminando me entretengo más con el paso de la vida a través de un cristal transparente al que le han pegado unas letras enormes anunciando el precio de la cuota mensual realmente barata. Huyo de la caverna de Platón, no quiero perderme nada de lo que pase fuera aunque sea un escenario limitado. Menos es nada.
Entra un señor de mediana edad y le pide a la monitora, que es cubana y con la que he hablado un rato antes de empezar, un Monster, entiendo. Y sí, efectivamente, un Monster, bebida energética que a saber cómo sabe. Me siento raro, un paria de gimnasio, un desplazado. No tengo ni muñequera, ni camiseta de asillas, ni botella de agua ni mucho menos un Monster en la mano, pero al menos tengo mi dignidad para asumir mi escalafón en este mundo del cuadrado, abajo abajo pero con la frente alta.
La señora cubana que me da los buenos días al llegar es, además, la monitora. La saludo, paso el carné por un lector de códigos de barra que emite un solido que para el que domine el argot debe decir ¡adelante! y hablamos un rato. Me dice que es cubana, le digo que lo debe estar pasando mal con el interminable asedio (parafraseo a mi amiga P) y me contesta bajando la mirada, "sí, el asedio lo hace el gobierno cubano desde hace 60 años". Asiento, es mi primer día. Me cuenta de su familia, sus abuelos que siguen en Cuba, la comida que mandaba cada semana hasta que bloquearon la web que utilizaba, etc. Asiento de nuevo y le digo que lo siento, justo en el momento en que un pibe pregunta por un mosquetón, de manera que, intrigado, aprovecho para mover la cabeza y encaminarme hacia las taquillas para dejar allí mi mochila, coger el libro y sentarme en la bicicleta.
Termino mi ronda de cardio y vuelvo a encontrarme con la monitoria cubana, esta vez para recoger la rutina de ejercicios de fuerza que empezaré mañana; importante: ¡no más de 20 segundos de descanso entre aparatos y repeticiones! Lo grabo mentalmente.
Ducha, desayuno frugal, café y listo.
Lunes lunero, 10:15 de la mañana, de vuelta a la arquitectura. ¡Feliz semana!
♫
David Guetta, *Titanium.

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