miércoles, 10 de junio de 2026

¡AY, DIOS MÍO!


Y encima, el Papa no quiso ir al Valle de los Caídos
Católicos ultras afean a León XIV que dé misa ante cayucos y no en el antiguo mausoleo de Franco.
Natalia Junquera, 10.06.2026

Quizá ayude a explicar lo que ha ocurrido en este país, su nivel de crispación y polarización, el hecho de que Federico Jiménez Losantos, antiguo pope de la emisora de la Conferencia Episcopal Española, la Cope, defina hoy como “satánico”, “monstruo” y “siniestro” al cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, y critique que el Papa venga “a ayudar a Pedro Sánchez”; que no se le ocurra otra cosa mejor que visitar un centro de Cáritas —“esos cristianos rojos, cantera de Podemos”— y que, según él, se haya arrodillado “ante el islam”.

León XIV se ha ganado a pulso, congregando a decenas de miles de personas en las calles, el primer puesto entre los trending topic o temas más comentados en X. Pero en esa lista se ha colado también #elvalle, en alusión al Valle de Cuelgamuros, antes llamado de los Caídos, el monumento que Franco ideó para inmortalizar su victoria tras el golpe de Estado de 1936 y que el Gobierno pretende resignificar construyendo en su explanada un centro de interpretación o museo.

El asunto escaló puestos en el ranking gracias a una campaña, más o menos coordinada, pero con un origen y objetivo comunes, una especie de guerra santa tuitera. Para escalar esa montaña de competencia sobre los temas candentes, el sherpa Losantos comenzó afeando al Papa que no hubiese programado una visita al monumento: “La última vez que se puso a prueba la fe de nuestro pueblo fue en la Guerra Civil, donde al final, tras miles de mártires, triunfó el bando católico, el de Franco. ¿Va a seguir la Iglesia con León XIV —con Cobo ya sabemos que sí— escupiendo, como socialistas y comunistas, en la tumba del que la salvó?“. El locutor, por cierto, fue comunista en su juventud, pero dicen que los conversos son los peores. También contribuyeron a la popularidad del asunto en redes los cruzados de Hazte Oír, que difundieron en su cuenta de X los vídeos donde se veía pasar una furgoneta con una pantalla en la que se leía: “Santo Padre, salve el Valle”. El mensaje lo colocaron, además, en algunas marquesinas y pancartas en el recorrido papal por Madrid, incluyendo una concentración frente a la sede de la Conferencia Episcopal. Finalmente, la infantería, youtubers de extrema derecha y miembros de Revuelta, la organización juvenil vinculada a Vox, llenaron las redes de ruegos al Pontífice: que sustituyera el discurso en el Congreso de los Diputados por una misa en Cuelgamuros; que en lugar de estrechar la mano del presidente del Gobierno pusiera pie en pared para evitar que el monumento se convierta en algo diferente a lo que un dictador quiso que fuera...



La maquinaria que ya ha empezado a realizar sondeos para trabajar en la explanada del monumento apareció vandalizada con pintadas (“Franco”; “Pedro Sánchez HDP”, “El valle no se toca”). Será casualidad. Pero existe una comunidad de personas que se definen como católicas y apostólicas que consideran al Papa un traidor. Les ofende que vaya a ver cayucos en lugar del antiguo mausoleo de Franco y que condene la discriminación de los inmigrantes, como censura la propia Biblia, pero sobre todo les irrita que sus enemigos no hagan ascos a su discurso. “En serio, católicos, ¿no os preocupa que esté toda la izquierda anticristiana y demoniaca alabando a este señor?“, se pregunta en X Inflovlogger refiriéndose a León XIV.

No es la primera vez que un colectivo va a buscar las esencias al tarro equivocado y la expresión “más papista que el Papa” está acuñada por algo. En el fondo, tiene bastante que ver con la soberbia, que, por cierto, es pecado capital. Se trata de un vicio antiguo, milenario, pero las redes sociales, devotas de la provocación, contribuyen a alimentarlo porque plataformas como X son, en realidad, pozos donde ir a beber vanidad. Sin límites y sin reglas. Elon Musk lo perdona todo.

NOCHE DE CRISTALES ROTOS

Alemania. Noviembre de 1938.
Belfast, Irlanda del Norte. Junio de 2026.

30 DÍAS DE OSCURIDAD


He estado un mes sin usar el móvil por la calle y esto es lo que he visto al levantar la cabeza
La verdadera autonomía no te la da el último modelo de iPhone, sino el privilegio de poder desaparecer.
Paloma Martínez Varela, 09.06.2026

Mi amiga Mery se cruzó tres veces por la calle con su instructora de pilates pero iba tan absorta en la pantalla del móvil que no la vio, fue la profesora quien le hizo darse cuenta de lo que le sucedía. A la cuarta, le pudo la vergüenza y decidió guardar el teléfono en la mochila. “Fue un flash porque empecé a ver cosas a las que no le prestas atención en el día a día, cosas muy pequeñas”, comentaba Mery, a la que ese camino a casa le sirvió incluso para cruzar sonrisas con una señora que le hizo recordar a su abuela.

Días más tarde, una persona cercana me comentó que había tenido un episodio de ansiedad al salir a dar un paseo sin móvil por el campo. “Se me empezaron a ocurrir un montón de peligros y situaciones poco probables pero que podían pasar”, explicaba, culpando a su imaginación desbordante. Sin haber vivido nada igual, recordé momentos en los que me fui a casa antes de lo previsto al quedarme sin batería y en lo normalizada que tenemos la dependencia al que podríamos considerar ya nuestro tercer brazo y segundo cerebro.

Así, expectante por si me encontraba con el recuerdo de mi abuela o con un ataque de ansiedad, decidí probar a dejar de utilizar el móvil por la calle. Parecía muy sencillo porque no se trataba de dejar las redes sociales o encerrar mi teléfono bajo llave, solo tenía que dejar de mirarlo mientras caminaba. Por supuesto, no fue tan fácil, y no porque me generara ansiedad, sino porque los primeros días se me olvidaba. Humillante. Lo sacaba del bolso sin pensar, sin que sonara, como un acto reflejo o un mecanismo automatizado, aparecía en mi mano.

No sé si se puede considerar adicción, pero darme cuenta de que hacía ese gesto decenas de veces sin haberlo decidido, me pareció frustrante. A mí, que me encanta poner el modo avión en el cine y estoy totalmente en contra del wifi en los vuelos. Empecé a dejar el móvil directamente en casa al salir a correr –sí, no necesitas una app que te cuente lo que acabas de hacer–, pasear o a hacer recados, para asegurarme de no acabar consultándolo.

El primer día no evité un atropello, ni hice ningún contacto visual transformador, pregunté la hora unas veinte veces y, acostumbrada a pagar con el móvil, salí sin cartera. Me fijé en todos los que iban con la mirada absorta en la pantalla e incluso en cómo gente de mi entorno me dedicaba una atención parcial, incapaces de dejar de teclear, como seguramente habré hecho yo alguna vez.

El primer día no evité un atropello, ni hice ningún contacto visual transformador, pregunté la hora unas veinte veces y, acostumbrada a pagar con el móvil, salí sin cartera. Me fijé en todos los que iban con la mirada absorta en la pantalla e incluso en cómo gente de mi entorno me dedicaba una atención parcial, incapaces de dejar de teclear, como seguramente habré hecho yo alguna vez.

“Todas las plataformas que pertenecen a grandes tecnológicas están diseñadas para extraer valor de nuestros datos. Por eso fomentan que pasemos el máximo tiempo posible en ellas, porque cuanto más interacciones les demos, más beneficio económico podrán obtener, a través, por ejemplo, de venta publicitaria o entrenamiento de sistemas de IA”, me comenta Marta G. Franco, autora junto al ilustrador Luis Demano del libro Internet. Por unas vidas digitales más sanas (Litera, 2025). “Es importante recordar esto porque no es que seamos débiles o tengamos poca voluntad, es que se trata de interfaces que implementan sofisticados trucos psicológicos para engancharnos”, señala.

Si hay equipos de ingenieros superinteligentes trabajando diariamente en empresas multimillonarias para que no soltemos el móvil, ¿cómo no me voy a sentir insegura cuando lo dejo en casa? ¿Es posible vivir en 2026 sin un dispositivo en la mano? ¿Realmente queremos? En el libro, Marta G. Franco aporta pequeños trucos para habitar internet de manera más sana, como ajustar los permisos de notificaciones o evitar tener conversaciones por Instagram o apps en las que todo lo que vemos está seleccionado por un algoritmo.

“Como ya casi todo el mundo sabe, estos algoritmos seleccionan contenidos muy emocionales, estridentes o enervantes, para captar nuestra atención y que sintamos el impulso de seguir viéndolos”, destaca Franco, que propone optar por leer newsletters, reportajes o la Wikipedia si queremos mantenernos al margen de ese ritmo frenético.

Pero más allá de la dependencia psicológica, nos enfrentamos a una dependencia estructural. El móvil también es cartera, GPS, cámara de fotos, periódico, radio, la carta de un bar o incluso algo similar a una enciclopedia. El internet que prometía libertad y creatividad ilimitadas cuando solo existía dentro de un ordenador de mesa, se vuelve asfixiante, todo el día en la mano, al convertirse cada vez más en un requisito básico.

Rompí el reto por primera vez para llevarme el móvil a la playa y terminar de enviar unos mensajes que habrían supuesto pasar cerca de una hora más en casa. Pensé que tener esa opción era un privilegio del progreso tecnológico, pero también un arma de doble filo para quienes, atrapados en una disponibilidad obligatoria, nunca pueden desconectar. Si tuviera hijos, una persona dependiente a mi cargo o un trabajo que me exigiera estar operativa, seguramente, no podría plantearme un reto de este tipo.

En un mundo en el que más del 70% de la población utiliza un smartphone, según el informe The Mobile Economy 2026, el privilegio, por oposición, es estar offline. “Los móviles son (en esencia) las nuevas hamburguesas de 1€”, escribía Mariang Maturana, de La pija y la quinqui, en Substack –sí, otra red social–. Mencionaba el hecho de que en Silicon Valley triunfe la educación sin pantallas, mientras que en los colegios públicos, a los que las pizarras electrónicas ya llegaron tarde, continúen utilizando tabletas y sistemas operativos obsoletos.

Un retiro en la montaña o un resort wellness sin wifi se venden como experiencias de lujo, porque la desconexión se parece ya a otros bienes aspiracionales como el tiempo, el espacio o el silencio. ¿Quién se puede permitir ‘desaparecer’? José Sacristán ha declarado públicamente en más de una ocasión no tener móvil, a sus 88 años, “todavía es la cola de esa sociedad patriarcal”, apuntaba María Galiana en una entrevista en la Cadena SER, en la que ponía el foco sobre el privilegio del actor que, como muchos otros, no se dedica a las tareas domésticas y tiene una mujer que es como su mánager. “Vive en el mejor de los mundos, yo lo envidio muchísimo”, resumía la actriz.

Un mes después, con los correos sin leer saturándome la bandeja de entrada y un montón de episodios atrasados de mis podcast favoritos, no me he vuelto una ermitaña neoludita, de hecho, he incumplido varias veces el reto, quizás no soy lo suficientemente privilegiada. Pero creo que la clave reside en el concepto de culpa: ni hay que optimizar de forma productiva cada minuto del día en una multitarea constante, ni obligarse a estar dos horas mirando el suelo del autobús. Ya bastante complicado es todo, como para no poder darnos un paseo por el planeta reels de vez en cuando.

PARQUE DE PERROS



Una de las últimas obras en las que estuve implicado cuando era Arquitecto Municipal fue un parque de perros en Radazul, en la costa de El Rosario, el municipio donde trabajaba. Parece que ayer fue la inauguración, según me cuenta una compañera, una muy buena noticia para los perros de la zona, y por extensión a sus dueños y para todos los que amamos a los animales.
Me sigue fascinando cómo un dibujo se convierte en realidad, la magia de la arquitectura.



NATURALEZA HUMANA Y MÁS


Me asombra la capacidad que tiene la naturaleza de ser ella misma y de seguir sus cánones pase lo que pase. Me siento en el sillón verde -las dimensiones de mi casa no dan para hablar de ala norte o saloncito chino, más bien puede describirse por los muebles- a leer la prensa online mientras dejo que pase el tiempo del ayuno por aquello de la ingesta de hierro, la vitamina C, etc. Mientras leo con calma me fijo que la tórtola sigue empollando el huevo por mucho viento que haga, ya sea durante el día o en la oscuridad de la noche. Ella, o la pareja, continúan en su empeño por ser padres y sólo el tiempo nos dirá si todo este esfuerzo llega a buen puerto.

Hoy comienzo a trabajar con música de piano, en particular con Trois Mélodies de Gabriel Fauré. Si todo va bien y el fantasma de la procrastinación no entra en casa, quiero terminar una alegaciones que se me han quedado en la tráquea desde hace un par de semanas.

Agradezco que la visita del Papa a España, ¡España!, haya  calmado un poco la radicalidad política y por unos días la cosa parece estar más tranquila, ya sea por deferencia al susodicho o simplemente porque no quieren dar el espectáculo ante un mandatario extranjero que, además, habla nuestra lengua perfectamente. Cualquier motivo es de agradecer para no ver a estos echándose mierda unos a otros mientas demuestran que nosotros, los españolitos de a pi, les importamos una ídem. Sé que esto es sólo un espejismo, los hechos de hoy en el Congreso lo corroboran, pero no sólo de pan vive el hombre, dicen, y la esperanza es lo último que se pierde. Nos quedan las imágenes de la Sagrada Familia y la homilía del Papa, que siempre lleva ese componente político que tanto (dis)gusta.

Feliz miércoles.

PD. Ah, si tienen ocasión no dejen de ver la entrevista que Broncano le hace a José Sacristán en La Revuelta del lunes pasado, muy entretenida. Nadie diría que el actor, tan lúcido y en buena forma, va a cumplir 89 años.
Fauré, *Trois Mélodies, Op7, Nos 1-3.

martes, 9 de junio de 2026

SIEMPRE SPIELBERG


Por qué seguimos necesitando a Steven Spielberg
Hollywood está pasando por dificultades, pero Spielberg insiste en que la gran pantalla sigue siendo el mejor lugar para plasmar nuestros sueños, miedos, alegrías y tristezas colectivas.
The New York Times Magazine, Wesley Morris, 07.06.2026

El 1 de enero ocurrió algo asombroso. Steven Spielberg, angelino de toda la vida y la definición perfecta de "director de Hollywood" para la mayoría, se convirtió en residente de la ciudad de Nueva York. Por un lado, es un acontecimiento significativo. ¿Qué lugar clásico de Spielberg requiere llamar a casa con un prefijo como 212, 718 o 646? Por otro lado, ha filmado cinco de sus últimas seis películas en el estado de Nueva York, incluyendo su exuberante y ominosa reinterpretación de "West Side Story". Además, durante décadas, Spielberg ha mantenido una casa en el Upper West Side. Cinco de sus siete hijos viven allí, y sus seis nietos también. Así que sí: no es para tanto. Simplemente era el momento. Pero para un neoyorquino, este es un cambio significativo: como si Magic Johnson hubiera pasado el resto de su carrera jugando en el Madison Square Garden.

Y Spielberg sigue en activo. Cumple 80 años en diciembre. Los signos del paso del tiempo, propios de medio siglo de cine, son discretos. Usa un audífono casi imperceptible y su andar es un poco más lento de lo que le gustaría. Se ha convertido en un aficionado a las plantillas. («Como director, llevo toda la vida de pie. Mis pies se han aplanado como una tabla»). El ritmo más pausado de Los Ángeles se adapta a su temperamento. Es locuaz, pero reservado. En una conversación a cinco bandas, escucha tanto como habla. Quiere saber qué ocurre con todos a su alrededor.

Pero aquí, en la era neoyorquina de Spielberg, su entusiasmo por todo ha aumentado aún más. Si lo invitas a salir, aparece: a cenas y estrenos, a uno de los episodios de despedida de "The Late Show With Stephen Colbert". Hasta Colbert, no había participado en programas nocturnos desde finales de los años 70. En una ocasión, causó sensación. "Conté un par de chistes", exclamó al día siguiente, sonriendo con una timidez que apenas dejaba ver sus dientes. Ahora tiene más amigos de verdad que antes. Incluso iría a un partido de los Knicks, siendo un fanático de los Lakers, pero solo "si Spike Lee me lleva".

"Sugestivo" tal vez sea demasiado suave para describir el estado actual de Spielberg. "Abierto", "listo": esos términos se acercan más. " Adaptable ". Dispuesto a ajustar un plan para experimentar las preferencias de otra persona. Una noche, durante la cena, estaba a punto de pedir el salmón cuando le dije que yo iba a pedir hígado de ternera. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de sus gafas. "¡Al diablo con el salmón!". Le gusta algo peculiar en la comida. "Me gusta la comida que me recuerda a lo que acabo de comer", dijo con no poca satisfacción. "Quiero comida que me recuerde, cinco minutos después, antes de contaminar el sabor con otra cosa". Luego, le habló a la comida con voz gutural: "¡Espero que me hayas disfrutado, porque voy a quedarme!".

Esa misma noche, él y yo estábamos sentados en el Teatro Lyceum, esperando el debut de Maya Rudolph en Broadway con “Oh, Mary!”, cuando se giró hacia mí y me dijo: “De verdad quiero hacer teatro. De verdad que sí”. Lo dijo como un niño pequeño anunciando las ganas que tiene de orinar. “Quiero dirigir algo. Todavía no sé qué es, pero tengo este anhelo ”. Después, en una acogedora y efusiva fiesta de bienvenida para Rudolph, Spielberg se emocionó al ver la muestra de apoyo, los vítores y la adulación. “Esto nunca pasa en el cine, solo en el teatro”, dijo por encima de todos los aplausos. No se refería a él (a Spielberg siempre lo ovacionan). Le conmovió la absoluta sinceridad de la camaradería de la comunidad teatral, de la gente reunida con entusiasmo para celebrar lo que acababan de crear. Sus ojos se abrieron de nuevo. “Esto es contagioso”, repetía.

Para que nadie se preocupe, el apetito de Spielberg por el cine sigue intacto. Su trigésimo quinta película, un thriller de acción sobre extraterrestres titulado "Disclosure Day", se estrena el 12 de junio. Y esa sed de conexión impregna toda la película. Ha creado una trepidante y contundente máquina de conspiraciones que resulta divertida, intrigante y llena de suspense, pero que también aborda nuestra alienación de algo que Spielberg está seguro de que necesitamos desesperadamente más que nunca: la catarsis colectiva, esa que se experimenta en el cine.


Últimamente, la figura de Steven Spielberg se ha visto amenazada. Durante más de 50 años, su imagen ha personificado el cine estadounidense, quizás incluso a Estados Unidos. Ha estado en el centro de una industria que, si bien no está muriendo, sin duda está debilitada. El tipo de películas originales que hicieron de Spielberg quien es, son prácticamente inexistentes, a pesar de que los dos grandes géneros que ahora definen la industria —éxito mundial de taquilla y nominación a mejor película— son, con Spielberg, indistinguibles (basta con mencionar "Tiburón", "En busca del arca perdida" y "E.T., el extraterrestre"). En más de una ocasión, combinó ambos géneros en un mismo año: "Parque Jurásico" en el verano de 1993, por ejemplo, y luego "La lista de Schindler" al final de Hanukkah, quizás el cambio de rumbo más triunfal en un solo año que haya protagonizado un director de Hollywood. (Sigue siendo el director con mayor éxito comercial de la historia, y está empatado, con 13, con William Wyler en el récord de haber dirigido la mayor cantidad de películas nominadas al Oscar a la mejor película).

El arte popular siempre nos ha unido, sin importar lo que nos separara, sin importar cuán diferentes fueran nuestras vidas o nuestras reacciones ante ese arte. Y las películas de Spielberg han sido un pegamento excepcional. No solo las que dirigió, sino también las decenas de éxitos extravagantes e inolvidables producidos por Amblin Entertainment, su compañía: "Poltergeist", "Gremlins", "Los Goonies", la trilogía de "Regreso al futuro", "¿Quién engañó a Roger Rabbit?" y "Aracnofobia".

El estrellato de Spielberg surgió de la confluencia del capitalismo, la audacia y la visión creativa. Sus películas aparecieron junto con la llegada de la televisión por cable y los avances en la informática personal y el entretenimiento doméstico. Vi «E.T.» en el cine, la devoré en la televisión por cable, la jugué en mi Atari y dejé que Michael Jackson me cantara una nana que la película le inspiró a escribir. (Spielberg: tan titánico que el otro rey del pop veneraba sus thrillers).

Pero se ha instalado una especie de desnutrición cultural. Si antes se necesitaban dos manos para contar los grandes estudios, ahora estamos a punto de necesitar apenas una. Y las mejores y más lucrativas ideas implican nostalgia recalentada que todos conocemos por su nombre legal: propiedad intelectual. Las adquisiciones y el recalentamiento, las métricas oscuras que garantizan que nunca sepamos con exactitud cuán popular es algo, es desalentador: Pac-Man devorando fantasmas, algoritmos guardando secretos.

Cuando las películas se proyectan solo en un puñado de salas para optar a premios, y cada vez más millones de personas las vemos en nuestros teléfonos, «esa no es mi definición de experiencia cinematográfica», me dijo Spielberg. Para ello, explicó, se necesita «un público que impulse esa experiencia, que sea el contagio que la haga aún más profunda para el individuo en esa sala abarrotada —o lo que esperamos que sea una sala abarrotada—». Obviamente, el streaming cambia esa experiencia, privándonos de la compañía de cientos de desconocidos que confirman o nos hacen cuestionar nuestro sentido del humor, nuestros gustos y nuestras reacciones.

Esto quiere decir que lo que Steven Spielberg simboliza, lo que construyó en Hollywood y en nuestros corazones, podría estar llegando a su fin. Le conmueve nuestro aprecio por todo lo que ha llegado a significar para nosotros. En esa fiesta del elenco de "Oh, Mary!", una mujer robusta y exuberante se acercó y preguntó si podía mostrarle a Spielberg el tatuaje de "Tiburón" que embellecía su pantorrilla. Por supuesto que podía. Y aunque Spielberg calcula que ha visto 30 de estos desde que "Tiburón" se estrenó en 1975 (además de docenas de otros tatuajes inspirados en sus películas), escuchó y se maravilló como si el de ella fuera el primero. Antes, en la esquina de la calle 45 y la Octava Avenida, un joven en forma con una coleta rubia sentado en una valla de construcción levantó la vista y dijo, con concisión bíblica: "Gracias".

Fue un «gracias» que contenía tanto. Como yo lo interpreté, gracias por tu visión, tu imaginación, tu ingenio, tu agudeza, tu espíritu y tu valentía. Gracias por «Toda mi vida tuve que luchar » y «Vas a necesitar un barco más grande», por cada caftán que dejaste que Meryl Streep luciera en «The Post». Gracias por más de 50 años de energía incansable y la firme convicción de que los seres humanos merecemos la pena. Pero la gratitud estaba teñida de tristeza. «Gracias» por atreverte, por preocuparte y por intentar mostrarnos la luz, por mantenerla encendida , mientras el sistema artístico que venerabas, simbolizabas y ayudabas a redefinir se desmorona.

Pero él no concibe su carrera ni su propósito de esa manera. Va a seguir adelante. Mientras lees esto, se está preparando para rodar su primer western.


Spielberg siempre ha sabido cómo llegar a nosotros, cómo llegar a lo más profundo de nuestro ser. La primera vez que llegó a lo más profundo de mí, tenía 6 años.

Mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a ver "ET", y quedé fascinada. Ese extraterrestre que había sido acogido y cuidado por Elliott, Gertie y Mike, cuya capacidad de amar brillaba como lava en su pecho, que solo quería volver a casa. Lo entendí todo. Cuando ET desaparece y Mike sale a buscarlo en bicicleta y encuentra al pobre desmayado en un barranco, comprendí, por primera vez, la frontera porosa entre la pantalla y el resto del mundo. Ya no estaba en una sala de cine. Estaba en un funeral. Pasé, por etapas crecientes, de sollozar a llorar desconsoladamente. La sala estaba llena. El llanto probablemente fue una verdadera molestia. Mi madre se inclinó y me preguntó si quería irme a casa, y recuerdo claramente haber dicho, con una brusquedad que ella luego describió como "horrorizada": No.

Estaba teniendo mi primer ataque artístico. Y Steven Spielberg lo provocó.

He llorado muchas veces con películas ajenas. Pero llorar con mi primera película de Spielberg fue algo instintivo. Al final, cuando Elliott y ET vuelan en moto, con la luna de fondo, disfrutando tanto de la música de John Williams como de la música del avión, las lágrimas volvieron a brotar. Pero ahora lloraba de alegría. Estaba experimentando lo que solo puedo describir como el "enjuague Spielberg": una explosión emocional completa.

Un cambio radical puede ocurrir cuando menos te lo esperas. Tomemos como ejemplo "West Side Story". En el instante en que Ariana DeBose comienza su asalto al asfalto de la calle 68 y Broadway en el número "America", me quedé sin palabras. Estaba segura de que era la secuencia musical más emocionante que jamás había visto. Durante todo el número, DeBose es un fuego artificial que zumba y zumba y parece no extinguirse nunca: extremidades, hombros y caderas, pero también el amarillo huevo de su falda y su enagua escarlata. Entonces, ¿cómo logró Spielberg dejarme sin palabras ? Empecemos por la avalancha controlada de imágenes. La cámara y el montaje saborean cada plano, pero también hacen su propia danza. La película se estrenó cuando aún estábamos nerviosos por la pandemia. Hacía mucho tiempo que no bailaba con desconocidos. Y todo ese movimiento vigoroso y preciso, presentado de pies a cabeza, evocó la desesperación que sentía por bailar algo que no podía hacer.

Lloré porque ahí estaba la prueba irrefutable de que Spielberg, que tenía setenta y tantos años cuando se estrenó la película, aún tenía ganas de trabajar, ganas desbordantes. Y luego estaba esto: me puse cachondo. Uno recurre a Spielberg por muchas cosas, pero lo erótico no había sido una de ellas. Y sin embargo, había logrado ofrecernos una película que, visualmente, no es más que sexo.

Spielberg también trabaja en otros géneros. Por ejemplo, el asombro. Tiene talento para ello. A menudo, nuestro héroe o heroína se queda boquiabierto ante algo; no, no, lo presencia, lo contempla . Y lo que ve les resulta increíble. La cámara suele girar para capturar ese momento de admiración. Richard Dreyfuss aguardando el éxtasis al final de «Encuentros cercanos del tercer tipo». Celie, interpretada por Whoopi Goldberg, boquiabierta al ver a su familia perdida regresar en «El color púrpura». Laura Dern, estupefacta ante la visión de un dinosaurio en «Jurassic Park», levantándose de su Jeep con tanta naturalidad que casi levita. Estos son solo algunos ejemplos de protagonistas; otros personajes secundarios boquiabiertos podrían protagonizar un montaje de una hora.

Fundamentalmente, esta es una carrera dedicada a canalizar esa capacidad de asombro para explorar los rincones más recónditos de la infancia. La luz es un motivo recurrente en la obra de Spielberg: linternas, focos, reflectores, luces de carretera y faros; el sol, la luna. Quizás como sustitutos de proyectores. Pero también como evidencia de que algo se está detectando, desentrañando, a veces encontrado. Sus películas comprenden que a un niño le puede pasar cualquier cosa, así que casi todo sucede: divorcio, dinosaurios, dinosaurios durante un divorcio, agresión, abandono, la adultez. Siempre he pensado en ese momento de "Encuentros Cercanos del Tercer Tipo" en el que un hijo se sienta a la mesa y llora al ver a su padre jugar con la comida con lágrimas en los ojos; lo absurdo de lo que presencia lo avergüenza, pero también le rompe el corazón. Spielberg siempre ha sabido que sus películas son intentos de comprender su infancia y a sus padres, de intentar sanarlos a través de la ficción e iluminar aspectos de sí mismo.


“Durante años, estuve procesando el divorcio de mis padres a través de mis historias”, me contó. La separación ocurrió cuando Spielberg tenía unos 15 años, pero el matrimonio ya se había deteriorado años antes. La familia también se disolvió. Él se fue a vivir con su padre, Arnold, un ingeniero informático, a Los Ángeles, mientras que sus tres hermanas se quedaron en Phoenix con su madre, Leah, una pianista clásica que antes regentaba una tienda de comida kosher. Pero parece que vivir bajo el mismo techo no cambió significativamente la distancia que Arnold sentía hacia su hijo.

Una noche, durante una cena, Spielberg me habló de su trabajo en "Indiana Jones y la Última Cruzada" con George Lucas. La película reúne a Indiana Jones, interpretado por Harrison Ford, con su padre, un experto en el Santo Grial a quien da vida Sean Connery. "Mi aportación fue: 'Vale, pero quiero conocer al padre de Indy, y quiero que hayan pasado años distanciados, con el padre descuidando al hijo por ser un adicto al trabajo. Y esta historia los volverá a unir'". Cuando Spielberg dijo esto, aún sonaba esperanzado y un poco triste. Vistas a través de la perspectiva de su infancia, sus películas pueden parecer melancólicas, como alguien soplando una tarta de cumpleaños con velas que se resisten a apagarse.

Durante siglos, hemos vivido con el mito de que el genio —el genio masculino— se manifiesta como una excentricidad desmedida o una locura, que su personalidad justifica un culto o un harén. Spielberg desorienta en ese sentido. Yo, al menos, necesité un momento para asimilar lo familiar que me resultaba, lo cercano que era. El hombre que hizo «E.T.» me recordaba inquietantemente a la mujer que me llevó a verla. Ambos comparten una intuición especial para anticipar necesidades que ni siquiera sabemos que tenemos. Mi madre lo hacía por el hogar. Durante más de medio siglo, Spielberg ha hecho lo mismo por el planeta.

Sin embargo, como persona, mantiene una perspectiva modesta. Su tamaño es tan reducido como la magnitud de sus películas. Quizás las películas no funcionarían sin esta modestia. Si fuera de otra manera, se perdería de vista a las personas. Sus vidas suelen comenzar de forma bastante sencilla, en casas con, por ejemplo, alfombras de pelo largo y habitaciones desordenadas. Pero luego son arrancados de su hogar y pasan las películas en una búsqueda para encontrarlo de nuevo, o para luchar por conservarlo, recrearlo, asegurar que permanezca intacto.

Spielberg no ha ido a terapia desde que estaba en la universidad. En cambio, el cine es el escenario donde ha trabajado en algunos de los misterios que no pudo resolver por sí mismo. Lo que nosotros experimentamos como brujería es, para él, un proceso de exorcismo. «No puedo expresar con palabras lo terapéutico y saludable que es para mí seguir haciendo este trabajo una y otra vez», dijo con calma, casi como si estuviera tanteando el terreno. «Libero muchísimas cosas a través de este proceso. Muchísimas. Puedo desangrar parte de la oscuridad en lugar de dejar que se pudra dentro de mí. Tú sí que la dejas pudrirse dentro de ti ».

Parece que su matrimonio también ha sido terapéutico; una oportunidad, quizás, para comprender mejor a su padre al ser esposo. Lleva con Kate Capshaw desde que se conocieron durante el rodaje de "Indiana Jones y el Templo Maldito" hace más de 40 años; ella interpretó a Willie Scott, la cantante y compañera de Indy. Capshaw me contó que cuando fue a la audición, Spielberg se sentó frente a ella con unas gafas de aviador, y ella se armó de valor para pedirle que se las quitara.

“Oh, esto es mucho mejor”, recordó haber dicho. “Ahora puedo verte ”. Él tenía unos treinta y tantos años. Ya había dirigido “Tiburón”, “Encuentros cercanos del tercer tipo”, “En busca del arca perdida” y “E.T.”, y tal vez había estado disfrutando de su papel de “director de cine de Hollywood”, el disfraz que representaba. Capshaw, que rondaba los veintitantos, quería derribar sus defensas. “Él podía hacer todos los trabajos necesarios para hacer una película, y casi mejor que nadie”, dijo. Pero cuando ella entró en su vida, “fue como: Sí, eres director, pero eso es lo que haces . Me interesa quién eres . ¿Quién es el hombre ?”.


Spielberg intentó reprimir sus sentimientos. «Me gusta ser muy profesional en una película», afirma. Todavía mantenía una relación con la actriz Amy Irving, con quien finalmente se casó. Pero Capshaw lo desarmó. Le pidió que la observara, con profesionalismo, y poco a poco, él se abrió a sus sentimientos por ella. «Me cambió la vida por completo», declaró.

Capshaw, que ahora ronda los 70 años y parece una mezcla de energía solar y vitalidad, hablaba de su marido con fervor. Criaron juntos a siete hijos, a menudo fuera de casa, con él en los platós y ella dirigiendo en casa. Sin embargo, su amor suena como si lo hubiera sacado de la nada. Sus súplicas a su marido para que se quite las gafas de sol, por así decirlo, continúan. «Kate siempre ve adónde no quiero ir», me dijo Spielberg mientras paseábamos por Times Square. «Y no lo deja escapar». No se quejaba. Parecía una fuente de sanación, un masaje conyugal de tejido profundo. «En cuanto me quedo callado, sabe que ha tocado un punto sensible. Y yo pienso: ¿Cómo salgo de esta? ¡Que alguien dé la alarma de incendios!».

Pero está abierto a que lo presionen. Es uno de los pocos directores que prefiere que su guionista esté presente durante el rodaje, una costumbre que David Koepp, quien escribió el guion de "Disclosure Day" y con quien Spielberg ha trabajado intermitentemente desde "Jurassic Park", suele considerar "dolorosa". Los actores "a veces piensan que estás ahí para corregir tus palabras", me dijo Koepp. Con Spielberg es diferente. "Steven está deseoso de involucrar activamente al guionista en la resolución de problemas, lo que hace que el día sea mucho más interesante y te hace sentir útil, en lugar de solo un observador", dijo Koepp.

Tony Kushner es otro colaborador de confianza y uno de los confidentes predilectos de Spielberg, aunque, como el propio Kushner explicó, es insistente y posiblemente algo más. "Soy un quejica, un preocupado y tremendamente desagradable", me dijo, y Spielberg "lo tolera".

La colaboración con Kushner es otro de los matrimonios comprometidos de Spielberg y quizás el más difícil de comprender. Kushner es un erudito vertiginoso, nervioso, obstinado, gay y socialista convencido. Spielberg suele llevar consigo un cigarro sin encender y se sienta en una silla de director con la palabra "Papá" impresa. Pero el fruto de su asociación es excepcional: "Múnich" y "Lincoln", además de "West Side Story" y "The Fablemans". Su asociación funciona porque tal vez no debería: el autor de "Angels in America" ​​y el hombre que nos trajo "Raiders of the Lost Ark", un polemista vanguardista magistral y quizás nuestro mejor director de Hollywood. De alguna manera, sus respectivos genios se complementan. Pero tienen sus momentos.

El rodaje de "West Side Story" fue particularmente agotador, cuenta Kushner. En un momento dado, estaba tan molesto por lo mucho que la idea de Spielberg para el final se desviaba del guion que Kushner dice que abandonó el set. Cuando regresó al día siguiente, Spielberg estaba ansioso por compartir lo que había filmado en su ausencia: una toma larga y melancólica en la que los Jets se llevan el cuerpo de Tony mientras una desconsolada María los sigue y la policía llega para arrestar al asesino de Tony, Chino. La cámara se mueve hacia arriba, observando todo el suceso a través de los barrotes de la escalera de incendios. "Me dejó sin palabras", dijo Kushner.

Lo que realmente me dejó boquiabierto fue que enfoca desde la escalera de incendios, que es el ícono del romanticismo de 'West Side Story'. Es la escena del balcón. Y la transforma en los barrotes de una prisión. Kushner se sintió avergonzado de no haber pensado en eso. "No creo que fuera consciente de lo que estaba haciendo, pero ahí reside su encanto. Se guía por algo muy profundo".


Me encontré con Kushner en plena etapa de fascinación por Charles Dickens. En la época de Dickens, explicaba Kushner, existían clubes de lectura dedicados a su obra, donde personas cultas leían a personas analfabetas. Dickens era un éxito entre la clase trabajadora; sus novelas son complejas obras de gran valor estético que, sin embargo, resultaban accesibles. «No hay condescendencia», afirma Kushner. «No hay simplificación excesiva». Lo mismo ocurre con Spielberg. «En su obra se percibe un profundo sentido de comunidad humana y la firme convicción de que el mundo, aunque no sea perfectible, es infinitamente mejorable si los seres humanos reconocen su interconexión, sus inquietudes y malentendidos compartidos, y trabajan en ellos colectivamente».

Mientras nos preparábamos para ir a ver "Oh, Mary!", Spielberg me contó una historia sobre la vez que el hermano de su madre, Bernard, lo llevó a él y a su primo, Paul, a visitar el Monumento a Lincoln. Era 1952 o 1953. Él tendría unos 6 años. Los tres subieron los escalones. "De repente, me encontré al pie de un gigante aterrador", recordó. "Recuerdo que levanté la vista y sentí tanto terror que solo pude mirar las manos". Se quedó mirando cómo "sobresalían de los reposabrazos" y sintió el impulso de huir. Pero algo lo detuvo. "Cuando me di la vuelta, miré su rostro. A esa estatua. De Lincoln. Una calma me invadió. Una conexión instantánea me invadió". Su miedo cesó. Lo que surgió en su lugar fue una curiosidad insaciable. Empezó a leer todo sobre Lincoln y a hacer siluetas recortadas de él, una obsesión que se puede ver recreada en la escena inicial de "Minority Report", cuando un niño hace una máscara de papel de Lincoln.

Por supuesto, que este recuerdo sirva como punto de partida para la película de Spielberg, "Lincoln", sobre la gestión del decimosexto presidente en la aprobación de la Decimotercera Enmienda, que abolió oficialmente la esclavitud. Pero ¿y si también es el origen de todo lo demás? Spielberg experimenta miedo —primero ante una especie de monstruo, luego ante un gigante, después ante alguien majestuoso— y lo transforma en admiración.

El esposo de Kushner, el crítico y escritor Mark Harris, quien ha sido testigo privilegiado de la colaboración entre Kushner y Spielberg desde sus inicios, me comentó sobre Spielberg: “Creo que es un buscador. No hará una película a menos que sepa por qué quiere hacerla. Y creo que tampoco la hará a menos que sepa qué es lo que le asusta de esa película en particular. Creo que le gusta sentir un poco de miedo”.

Capshaw está de acuerdo. “Casi en cada película, nos despertamos por la mañana, nos levantamos a la misma hora, ya sean las 5 de la mañana o la que sea”, dijo, “y decimos: ‘Bueno, nos vamos a trabajar’. Y yo le pregunto: ‘¿Cómo te sientes?’. Y él responde: ‘Aterrado’. Yo le digo: ‘Excelente. Un gran día’. O dice: ‘No sé qué demonios estoy haciendo’. Yo le digo: ‘No podrías estar en un lugar mejor’”.

La búsqueda —todas esas luces intermitentes— es un deseo de sublimar ese miedo creativo en asombro.

¿Explicaría el asombro de Spielberg la correspondiente admiración que ha sido un hito visual tan importante en su obra durante más de 50 años? Cuando Tiburón finalmente emerge del océano, ¿es esa boca una mueca de asombro? ¡ Mira lo que puedo hacer! ¿Es por eso que nos hemos tatuado tantas veces esa toma, el icónico póster de la película: el miedo no se vence, en sí, sino que el asombro se eterniza? Cada vez que uno de los muchos personajes sobrecogidos de Spielberg eleva su asombro al cielo, ¿cómo deberíamos haber llamado a esa mirada? Una vez la llamé hacia el cielo, pero ¿y si, tal vez, realmente es Lincolnville allá arriba, una extensión infinita de liberación, racionalidad y elocuencia? Consideré la posibilidad de haber exagerado, hasta que recordé con quién había estado hablando.


Cuando le dije a Spielberg que Lincoln se había convertido en algo más grande que la vida para el pequeño Steven, su respuesta casi saltó de su pecho. "¡ La infancia es más grande que la vida!"

Eso se siente más cierto que nunca en "Disclosure Day". Sus dos protagonistas, una presentadora del tiempo de televisión (Emily Blunt) y un experto en ciberseguridad que trabaja para un subcontratista del gobierno (Josh O'Connor), desconocidos entre sí, vivieron algo profundo en su infancia que ninguno quiere afrontar. Sea lo que sea que haya sucedido, los ha puesto en el mismo camino, dirigiéndose a toda velocidad hacia el evento que da título a la película. Blunt descubre, de repente, que puede hablar literalmente los idiomas de otras personas —chino, ruso— y experimentar lo que sienten, lo que hay en sus corazones. Él, por su parte, tiene su propio poder especial: una asombrosa habilidad con los números.

Los dos extraños podrían ser Leah y Arnold Spielberg, la artista sensible y el pionero digital. Pero también son dos partes de su hijo, el empático y el fanático de los gadgets. Ambos huyen de una organización del Departamento de Defensa llamada Wardex y se dirigen hacia una figura misteriosa llamada Hugo (Colman Domingo). Hugo conoce su infancia, sus dones y sabe que están destinados a desempeñar un papel fundamental en el destino del universo. Lo vemos dando órdenes desde una especie de estudio de sonido donde un equipo está, misteriosamente, construyendo una elaborada escenografía, donde todo se revelará. Él es el visionario, el director .

La visión de Hugo implica que el planeta se detenga para el clímax de la película, un evento que borra de las pantallas la cobertura de una inminente guerra nuclear para mostrarnos imágenes desgarradoras de los extraterrestres; en esencia, una película de Spielberg. El mundo entero la ve al mismo tiempo. La película es un clamor por una monocultura puramente Spielbergiana.

Todavía tenemos motivos para mirar hacia arriba en Hollywood. Durante más de un año, los estudios nos han estado ofreciendo películas originales que hemos convertido en éxitos. Mientras escribo esto, algunas de las diez películas más taquilleras están basadas en guiones originales: "Obsession", "Passenger", "I Love Boosters". Si a esto le sumamos una biografía popular como "Michael" y una secuela con propósito como "El diablo viste de Prada 2", todo parece un complemento saludable para la enésima entrega de "Star Wars" que se mantiene en el número uno. Parece el momento ideal para que Spielberg nos invite a participar en el "Día de la Revelación" y nos guíe de regreso a nosotros mismos.

Durante la mayor parte de la película, el personaje de Blunt no tiene ni idea de por qué ni cómo puede conectar con la gente y relacionarse tan profundamente con ella. Es una persona normal, pero errante y esquiva. Ahora la llama un poder que ni siquiera quiere comprender, un poder para comunicarse con desconocidos y manipularlos, porque necesitan escuchar su terapia rápida. Este don escapa a su control, y lo acepta: es un instrumento para un propósito superior, para unirnos con un mensaje de esperanza. Tiene una misión que cumplir. Y a pesar de las fuerzas represivas que intentan detenerla, la cumple.

QUÉ LISTOS SON

Vuelve la pareja de tórtolas que tenemos en la zona a empollar desde hace unos días. Veo a una de ellas, o a las dos porque no las distingo, en el nido, sin moverse o, a lo sumo, cambiar de postura. Como la vez anterior, que se malogró, no sé cuándo eclosionará el huevo, pero todos esperamos que el pollito sobreviva y que tengamos una nueva tórtola cerca. Yo debo ser una de las pocas personas que quedan a las que aún les gustan las palomas, las aves en general. Me parece un lujo casi incomprensible y misterioso que las ciudades sigan teniendo a estos animales como moradores, sobre todo después del trato que reciben por parte de los humanos. Ahora creo recordar que leí algo sobre los jilgueros, que estaban desapareciendo. Al final nos cargaremos a todas las aves, tiempo al tiempo.
Si la tórtola empolla su vástago, el gato del barrio, Medianoche, sigue esperándome cada mañana cuando me ve llegar del gimnasio. Ve el coche y se acerca a la puerta de casa para que le abra y pueda dar cuenta de la comida que tiene siempre disponible en el vestíbulo; comida y agua, como un gourmet.
Gallinas también hay cerca, salvajes, que viven en las parcelas que no están edificadas y a las que veo desde la ventana picotear el suelo muchas tardes.
Resumiendo, el barrio costero donde vivo es un pequeño ecosistema con palomas, tórtolas, pájaros, gatos y gallinas, lo que lo convierte, junto a que siempre hay aparcamiento, en una zona privilegiada.

OPINA THE NEW YORK TIMES


Uno es el papa, el otro es ateo. Ambos se oponen a Trump
El papa León ha provocado la furia del presidente de EE. UU. por criticar la guerra en Irán y el presidente del gobierno español se ha opuesto a Trump en muchos temas. Sus motivaciones, sin embargo, parecen diferentes.
The New York Times, Jason Horowitz, 08.06.2026

Cuando el papa León se reúna con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, de tendencia izquierdista, el lunes por la mañana, muchos liberales de todo el mundo lo verán como la unión de un dúo dinámico que lidera la oposición al presidente Donald Trump.

“Coinciden en la misma voz” cuando se trata de hablar contra Trump, dijo el cardenal José Cobo de Madrid.

El papa León ha provocado la furia del presidente de Estados Unidos por criticar la guerra en Irán y decir después: “no le temo” al gobierno de Trump. Sánchez se ha opuesto a Trump en muchos temas, desde el gasto en la OTAN hasta la política migratoria, pasando por su oposición a las guerras en Gaza e Irán.

Sus motivaciones, sin embargo, son aparentemente diferentes.

El papa fue arrastrado a la lucha por Trump, pero Sánchez se metió con alegría en ella. Sánchez es quizá el escapista político más consumado de Europa, tras librarse de innumerables crisis durante sus ocho años en el poder. Su actuación más reciente en la cuerda floja ha consistido en aprovechar las disputas internacionales con Trump para elevar su perfil mundial y distraer la atención de los problemas internos, especialmente los escándalos de corrupción y las acusaciones que ahora se ciernen sobre sus antiguos aliados y su familia.

A Sánchez, aparecer con el papa “le ayudará a reforzar su imagen exterior”, dijo Joseba Louzao, profesor de la Universidad Cardenal Cisneros y autor de Breve historia de la Iglesia católica en España.

En sí mismo, eso puede no importar mucho en España, un país cada vez más polarizado donde los sentimientos hacia el presidente del gobierno ya estaban profundamente consolidados, dijo Louzao. La gran esperanza para Sánchez, sugirió, sería que Trump aprovechara la reunión del lunes en Madrid para atacarlos juntos, lo que podría mejorar el estatus global del presidente del gobierno español y vigorizar su base.

A primera vista, los dos hombres tienen poco en común. Sánchez se declara ateo, es un firme defensor del derecho al aborto y se opone a la participación de la Iglesia católica en la educación pública. Pero, por lo que dice, también canta el mismo himno que el papa León.

Él y el papa tienen “un cierto grado de sintonía”, dijo durante un viaje el 27 de mayo para reunirse con León en el Vaticano, ya sea por su oposición común a la guerra, su preocupación por las grandes empresas tecnológicas o su defensa de los emigrantes. “La Iglesia católica y el también el gobierno de España tenemos, creo que una sintonía bastante elevada”, añadió Sánchez.

Calificó a León de “brújula moral” mientras navegaban con “sentido común frente a la sinrazón y la ley de la selva”.

Cuando en mayo España dejó atracar en Canarias a los pasajeros de un crucero con un brote de hantavirus, Sánchez respondió a las críticas locales citando “el reconocimiento explícito que ha hecho nada más y nada menos que el papa a la solidaridad y a la empatía del pueblo canario”.


Los prelados católicos españoles han intentado evitar compararlos en exceso.

Joan Planellas, arzobispo de Tarragona, reconoció la comparación en lo referente a la inmigración, la oposición a la guerra y la necesidad de regular a los gigantes tecnológicos. “Es cierto que en estos temas que parecen más de izquierdas, si hablamos políticamente, hay una cierta sintonía”. Pero no sobre el aborto, la eutanasia y otros “temas delicados”, dijo.

El cardenal Cobo añadió que el hecho de que Sánchez coincida con el papa en algunos temas no significa que deba utilizarlo como escudo político, sobre todo porque siguen discrepando en muchos asuntos.

Eloy Alberto Santiago, obispo de Tenerife, en las Canarias, donde León, junto con Sánchez, se reunirá con inmigrantes, dijo que, aunque la Iglesia impulsó la reciente medida del gobierno español de dar documentos a cientos de miles de inmigrantes indocumentados, eso no significaba que “nos identifiquemos con un partido o un gobierno”.

Funcionarios del gobierno también han dicho que el presidente del gobierno recela de acercarse demasiado al papa. Dijeron que corría el riesgo de parecer de mal gusto y transparentemente político, y que podría provocar una reacción negativa en la base izquierdista del presidente del gobierno, que discrepa profundamente de la Iglesia católica en cuestiones como los derechos de las personas homosexuales, el aborto y el feminismo. En este sentido, Sánchez y León comparten el interés de no parecer demasiado compinches.

“El alineamiento es tan visible que no hay necesidad de enfatizarlo en exceso ni de intentar cooptar su figura”, dijo Jorge Tamames, miembro del Real Instituto Elcano, un laboratorio de ideas en Madrid.

La Iglesia, dijo, se moverá con cautela en medio del “avispero” de la política española, pero las posiciones del papa sobre los grandes temas del momento “son tan irreconciliables con la derecha o con la extrema derecha” que “el contraste es inevitable y el gobierno no necesita forzarlo”.

Los aliados de Sánchez también esperan que la visita del papa ayude a señalar la distancia entre los líderes de derecha que alardean de su catolicismo y el líder real de la Iglesia católica. El partido de extrema derecha español, Vox, ha intentado ganarse a los votantes católicos al presentarse como protector de las tradiciones de esta religión, aunque también ha criticado a los obispos católicos por apoyar a los inmigrantes.


Para evitar que Sánchez obtenga capital político de la visita, los conservadores han intentado caracterizarla como un intento de utilizar a León como escudo.

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, quien también visitó al papa en el Vaticano este mes, ha acusado a Sánchez de “intentar apropiarse” de la visita del papa León. “En los últimos ocho años, ha sido incapaz de tener un solo gesto con los católicos”, dijo Ayuso.

Alberto Núñez Feijóo, líder del principal partido conservador de la oposición española, se burló de Sánchez por intentar envolverse en las limpias vestiduras del popular papa.

“Si quiere acercarse al papa, debería recordar el séptimo mandamiento”, dijo Feijóo, “‘no robarás’, y el octavo mandamiento, ‘no mentirás’”.

Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, también advirtió a Sánchez y a la izquierda de no insinuar que “la iglesia está más cerca de nosotros”. La izquierda española, dijo el arzobispo, debe aplicar las enseñanzas de la Iglesia a las acciones “dentro de nuestro propio país”, incluso, dijo, “en asuntos relacionados con la corrupción”.

EL FÚTBOL ES ASÍ

Leo divertido este artículo en The New York Times para cerciorarme que el título es lo que dice, tal cual, ¡quién lo iba a suponer! sabido es por los que me conocen que el fútbol me importa 0 sobre 10, a pesar de haber nacido en una familia sumamente futbolera; he aquí la oveja negra, es lo que hay. Tras la visita del Papa que todo lo invade pasaremos al Mundial, éste extraño que se celebra en varios países y siempre bajo la sobra de T, que como la de los cipreses es alargada. Del mundial poco me interesa, o nada, salvo quizá la inauguración, pura novelería, show must go on, dicen.

¿Por qué este año a nadie le importa el Mundial?
New York Times, David Wallace-Wells, 04.06.2026

Antes llamaban a la Copa Mundial, sin equivocarse, el mayor acontecimiento deportivo del planeta. Pero está a punto de empezar, aquí mismo, en Norteamérica, y a nadie parece importarle mucho. Miles de entradas siguen sin venderse y, hace solo unas semanas, otras se revendían muy por debajo de su precio oficial. En ciudades de todo Estados Unidos, el tráfico aéreo no se materializa y los hoteles que contaban con millones de dólares de ingresos adicionales están viendo cómo estos caen a cuentagotas. La FIFA ha tenido que cancelar reservas de habitaciones en bloque, y se habla de un boicot mundial como una especie de protesta contra el presidente Donald Trump: sus guerras, sus políticas fronterizas, su vulgaridad imperial. Cuando empiecen realmente los partidos, lo más seguro es que aumente el interés. Pero, de momento, parece que hay menos expectación que por la final de la Liga de Campeones de fútbol de clubes de este pasado fin de semana entre el Arsenal y el París Saint-Germain. Y en realidad creo que esto podría estar diciéndonos algo, más allá del mundo del deporte, sobre el panorama global de la política y la cultura.

En Estados Unidos, puede que la indiferencia no sea sorprendente, aunque la mayoría del torneo se juega en ese territorio. El equipo estadounidense tiene más talento que en el pasado, pero hace años que no impresiona. El fútbol sigue siendo un deporte en crecimiento más que uno dominante en este país, y muchos ciudadanos no sienten precisamente el arrebato del patriotismo simplista en estos días. Además, el precio de las entradas es excesivamente alto.

Lo que más me llama la atención es el escaso interés del resto del mundo, que durante décadas, cada cuatro años, parecía casi hacer una pausa de un mes para participar en un espectáculo de nacionalismo tribal que involucraba a todo el mundo, pero atractivo y de bajo riesgo. En la actualidad, la Copa Mundial ya no parece sobresalir tanto sobre el resto del universo deportivo, ya que el fútbol de clubes ha adquirido una nueva ubicuidad global en la última decena de años, que si acaso no desplaza a la Copa Mundial en la cima de la jerarquía futbolística, al menos ocupa un lugar justo a su lado.

Lo que hace que este cambio sea tan sorprendente es que se ha producido al mismo tiempo que una marea creciente de nacionalismo político en todo el mundo, lo que podría pensarse que produciría también un gran aumento del nacionalismo futbolístico. En lugar de ello, la era del populismo global ha coincidido con un intenso interés por los equipos de los clubes más grandes, con listas de jugadores contratados, formadas en gran parte por talentos internacionales, por megacorporaciones que se jactan de patrocinar las camisetas de conglomerados extranjeros. ¿Y los equipos formados por prodigios locales que visten los colores de su país y juegan con el corazón por amor a la patria? Siguen importando a los aficionados, por supuesto. Pero nadie podría siquiera pretender ilustrar la era del populismo global hablando de la intensidad del sentimiento popular hacia las selecciones nacionales.

Quizá esto se deba a que, si el fútbol internacional canalizó en su momento las pasiones nacionalistas hacia la competencia atlética, en una era de nacionalismo real puede que necesitemos menos una válvula de escape para esos sentimientos. O podría deberse a que, como sugirió Franklin Foer hace un par de décadas en El mundo en un balón. Cómo entender la globalización a través del fútbol, el tribalismo del fútbol de clubes era un freno natural a los sentimientos de nacionalismo y, en sí mismo, una forma de resistencia al globalismo. O tal vez se deba simplemente a que el fútbol de clubes se juega durante la mayor parte del año, en lugar de un mes cada cuatro años, con partidos semanales y a veces con mayor frecuencia. ¿Cuánto fútbol pueden absorber los aficionados? ¿Cuántas oportunidades de catexis necesitan?

Sin embargo, esta característica me parece un enigma. Quizá se deba en parte a que una de las descripciones de la nueva era del populismo durante sus primeros días señalaba que estaba impulsada por personas que se sentían abandonadas por las élites de sus naciones, quienes a través de la riqueza y lo cosmopolita se habían graduado en una especie de esfera empresarial global, casi del mismo modo que las estrellas del fútbol local se graduaban en clubes más grandes y dejaban atrás sus raíces.

Esa es también una descripción bastante buena de cómo la globalización cambió el propio fútbol de clubes. A partir de la década de 1990, y con una fuerte aceleración en las décadas de 2000 y 2010, las principales ligas (sobre todo la Premier League inglesa y La Liga española) y los principales clubes (Real Madrid, Manchester United y Barcelona, por ejemplo) empezaron a abastecer sus plantillas de talentos globales y a servirlos a audiencias globales a través de la televisión por cable y por satélite, que estaban en una rápida expansión. Ha sido una propuesta empresarial de éxito fenomenal, pero las consecuencias culturales parecen un poco más extrañas: por ejemplo, el alcalde de Nueva York, nacido en Uganda y de etnia india, celebra el campeonato de la Premier League del Arsenal y su competencia en la Liga de Campeones al menos de manera tan intensa como la llegada de los Knicks a las finales de la NBA, y el tipo intenso de Barstool Sports, nacido en Massachusetts, Dave Portnoy, celebró que el Tottenham haya evitado el descenso en la última jornada de la temporada con tanta pasión como la que suele mostrar por los Patriots o los Red Sox. En lo que respecta al fútbol de clubes, el abanico de aficionados es ahora bastante global, lo que equivale a decir, en muchos casos, bastante arbitrario.

En teoría, las selecciones nacionales deberían ofrecer un atractivo diferente, menos arbitrario. Y una forma de que quienes sienten que sus países han sido vaciados de patriotismo e identidad nacional puedan hacer realidad su fantasía de reponer esos sentimientos. En la época de Marine Le Pen, cabría esperar que los aficionados al fútbol francés estuvieran especialmente animados por Les Bleus, por ejemplo, en lugar de enfurecerse por las críticas de la estrella negra del equipo, Kylian Mbappé. En la era de la Reforma británica, podrías esperar una especie de renacimiento nacional del orgulloso movimiento de los hooligans de épocas anteriores, menos globalizadas. Puede que veas ese espíritu en las calles de los mítines “Unite the Kingdom” (unificar el reino) de Tommy Robinson, pero cuando se trata de fútbol, Londres parece más agitada por el Arsenal que por los Leones. La gira de reunión de Oasis podría ser un acontecimiento más importante para la unidad nacional que la Copa del Mundo.

¿Por qué? Una respuesta sencilla es que el fútbol de clubes se ha hecho demasiado grande y demasiado importante para demasiada gente, y a veces demuestra un nivel de juego mucho más alto que el que puede ofrecer la competición internacional. Otros han argumentado que el escándalo de corrupción de la FIFA de 2015 ha pasado factura, que el desagradable presidente de la organización ha dirigido a la FIFA en la dirección equivocada o que la reciente racha de sedes —Rusia, Catar, Estados Unidos— ha tenido un costo. Y como las selecciones nacionales rara vez juegan juntas, pues los jugadores de muchas ligas diferentes llegan a veces de improviso durante un fin de semana para disputar un partido de clasificación para el Mundial, el espectáculo en sí mismo parece un poco vacío de significado, un poco más corporativo, delgado, pálido.

Pero creo que también es posible ver algo más profundo. Por ejemplo, el episodio de Francia, en el que Mbappé provocó un furor derechista al insinuar que estaba preocupado por el ascenso del partido de Le Pen, la Agrupación Nacional, y por lo que eso significaba para el futuro de la nación. Siempre que los deportistas hablan de política, corren el riesgo de sufrir una reacción violenta: pensemos en el “Cállate y mueve el balón” de Laura Ingraham, por ejemplo, o en la reciente angustia por el hecho de que el mariscal de campo de los Giants Jaxson Dart presentara al presidente Trump en un mitin político. Pero aquí teníamos un conflicto aún más irreconciliable, en el que la cara de la selección nacional del país declaraba que uno de sus principales partidos parecía no tener sitio para él en su visión de Francia, al menos tal como él la veía, y luego los líderes de ese partido respondían ilustrando el punto, tratándole aún más como un intruso traidor y una especie de recipiente indigno de su orgullo nacional.

Este tipo de conflicto ya no es tan inusual, pues las listas de los equipos nacionales proceden ahora de diversas diásporas y bolsas internas de migración reciente y se parecen menos a las fantasías de sangre y tierra de los derechistas sin complejos. Este es el tipo de desarrollo que pudo obligar a Barack Obama a celebrar la victoria de Francia en la Copa del Mundo de 2018, pero que puede ofrecer un tipo diferente de significado para, digamos, aquellos que esperan reafirmar la centralidad de la etnicidad para la identidad nacional.

Y eso también puede decirnos algo sobre el fenómeno en general. Por decir algo: que lo que identificamos como nacionalismo en los asuntos mundiales podría describirse mejor como una forma de provincianismo, en la que los populistas hacen reivindicaciones particulares no sobre la nación en sí misma, sino sobre las maneras en que esta debería reformarse, presumiblemente hacia algún ideal reaccionario, cuyos contornos suelen ser más locales que genuinamente nacionales. En esta lectura, la globalización no solo ha generado una reacción violenta entre quienes están resentidos por la desindustrialización, la fuga de capitales y las vidas apátridas de los multimillonarios del mundo. También ha hecho que la propia nación parezca una unidad de organización política y social poco fiable para mucha gente de derecha. Para ellos, lo que antes podía ser fuente de patriotismo y orgullo, ahora les produce sentimientos de resentimiento y arrepentimiento. Tampoco es que a los liberales no les moleste el nacionalismo hoy en día. Para todos nosotros, animar al Arsenal o al PSG puede ser ahora más atractivo precisamente porque carece esencialmente de sentido.